¿Qué ocurre tras un evento traumático?

La forma en la que cada persona reacciona ante un evento traumático difiere de una a otra, así como la forma en la que a cada cual le afecta y la duración de las secuelas que deje el suceso.

¿Qué es un evento traumático?

Se entiende como “evento traumático” un acontecimiento o experiencia negativa intensa que supone una amenaza real o potencial a la integridad física o psicológica de la persona. Estos sucesos en ocasiones ocurren de forma brusca, inesperada e incontrolable, y la víctima puede experimentar miedo intenso, bloqueo, sensación de indefensión e inseguridad y percibirse incapaz de hacer frente a la situación.

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Estas experiencias no suelen formar parte de las vivencias humanas habituales, por lo que es frecuente que la intensidad del hecho y la ausencia de estrategias psicológicas adecuadas para hacerle frente, provoquen un fuerte impacto y dejen secuelas en las víctimas. Así mismo, las secuelas “postraumáticas” pueden aparecer en víctimas directas de un hecho traumático puntual o repetido (ej. Abusos sexuales, un atentado terrorista, un accidente de tráfico…), en observadores del mismo, tras el conocimiento de un suceso traumático sucedido a una persona cercana o en personas expuestas de forma repetida a aspectos relacionados con eventos traumáticos (Ej. Socorristas, personal de intervención en emergencias, Policía…).

¿Qué eventos son susceptibles de provocar un “trauma”?

Son múltiples los hechos o experiencias susceptibles de provocar secuelas postraumáticas o ser vividos como “experiencias traumáticas”, todo depende en gran medida de variables relacionadas con el suceso y cómo éstas interactúan con variables relativas a la persona que lo vive. Hay que reiterar que no todo el mundo reacciona psicológicamente igual ante un mismo acontecimiento, ni se ve afectado de la misma manera por él.

Algunos de los sucesos considerados potencialmente traumáticos en la literatura clínica son:

Sucesos intencionados:

  • Agresiones sexuales infantiles o en la vida adulta
  • Relación de pareja violenta
  • Terrorismo, secuestro y tortura, situaciones diversas que impliquen violencia
  • Muerte violenta de un familiar o persona cercana
  • Maltrato infantil

Sucesos no intencionados:

  • Accidentes
  • Catástrofes naturales

¿Cuáles son las secuelas de un evento traumático?

El conocimiento psicológico evidencia una serie de síntomas o secuelas prototípicas que, salvando las diferencias individuales, suelen afectar a las víctimas de sucesos o experiencias traumáticas. Estos se conocen y recogen típicamente bajo la etiqueta “Trastorno de Estrés Postraumático” (TEPT).

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Síntomas del Trastorno de Estrés Postraumático:

  • Recuerdos angustiosos recurrentes, involuntarios e intrusivos de los sucesos traumáticos.
  • Sueños angustiosos recurrentes en los que el contenido y/o el afecto del sueño está relacionado con los sucesos traumáticos.
  • Malestar psicológico intenso o prolongado al exponerse a factores internos o externos que simbolizan o se parecen a algún aspecto de los sucesos traumáticos.
  • Reacciones fisiológicas intensas a factores internos o externos que simbolizan o se parecen a algún aspecto de los sucesos traumáticos.
  • Evitación o esfuerzos para evitar recordatorios externos (personas, lugares, conversaciones, actividades, objetos, situaciones) que despiertan recuerdos, pensamientos o sentimientos angustiosos acerca o estrechamente asociados a los sucesos traumáticos.
  • Creencias o expectativas negativas persistentes y exageradas sobre uno mismo, los demás o el mundo (por ejemplo, «Nada va a ser igual», «No puedo confiar en nadie»).
  • Estado emocional negativo persistente (por ejemplo, miedo, terror, enfado, culpa o vergüenza).
  • Disminución importante del interés o la participación en actividades significativas.
  • Sentimiento de desapego o extrañamiento de los demás.
  • Incapacidad persistente de experimentar emociones positivas (por ejemplo, felicidad, satisfacción o sentimientos amorosos).
  • Comportamiento irritable.
  • Problemas de concentración.

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Para que pueda emitirse el diagnóstico de TEPT debe cumplirse el requisito de haber estado expuesto de algún modo a una experiencia o información traumática, como víctima directa o como testigo, que se cumplan un número mínimo de los síntomas anteriormente mencionados y que la duración de éstos sea superior a un mes. Dichas alteraciones deben causar malestar clínicamente significativo o suponer un deterioro el funcionamiento y la vida de la persona. Éstas alteraciones, además, no deben pode atribuirse a los efectos fisiológicos de una sustancia (por ejemplo, medicamento, alcohol…) o a otra afección médica. Sin embargo, el no cumplimiento de los requisitos mínimos para el diagnóstico “formal” de TEPT, no hace menos graves e importantes los problemas o síntomas que pueda referir cualquier víctima de un suceso traumático, los cuáles deben ser intervenidos clínicamente, si la persona lo solicita.

¿Cómo afectan los síntomas postraumáticos a las personas?

Todos los síntomas mencionados pueden darse con forma, frecuencia e intensidad diferente y su evolución y duración puede ser muy distinta en función de cada persona y de las características del suceso.

Factores que pueden modular el impacto de un evento traumático y la duración de sus secuelas son:

  • El estado emocional previo al impacto: Puede existir mayor vulnerabilidad cuando la persona está pasando por un mal momento emocional, cuando existe un elevado nivel de activación previo (Ej. Exposición a estresores o preocupaciones…), cuando hay un estado de labilidad emocional elevada…
  • Factores de personalidad: Personas especialmente miedosas, preocupadizas, impresionables… pueden verse más afectadas por el impacto de estos sucesos y estos rasgos preexistentes pueden verse agravados.
  • Estrategias de afrontamiento: La forma en la que las personas han aprendido a responder ante situaciones difíciles pueden facilitar (o también dificultar) la superación del hecho.
  • Red de Apoyo: La ayuda externa recibida tras la experimentación de un hecho traumático es un factor de gran importancia para el procesamiento y la superación de lo ocurrido. Las muestras de protección y comprensión, la aportación de ayuda de cualquier tipo…. La existencia de una red social y familiar que acompañe a la víctima en los momentos difíciles y en el retorno a la normalidad facilitará la recuperación. Así mismo, el apoyo profesionalizado, según las necesidades, es una pieza clave: Intervención policial, médica, psicológica… facilitación de información sobre lo sucedido, sobre qué hacer a continuación o a qué dispositivos recurrir… la puesta a disposición de infraestructuras y medios… Todo esto puede ser de vital importancia en los primeros momentos (intervención en crisis) pero también en los meses posteriores, por ejemplo tras un atentado terrorista, un abuso sexual, una catástrofe natural…
  • Otras variables relativas a las circunstancias y al modo en que se dan los hechos y que aumentan o reducen su valor traumático: Que sea o no un suceso inesperado, que sea algo puntual o repetido en el tiempo, factores que aumentan su potencia dañina o aversiva (Ej. Cantidad de muertos, dureza o violencia del suceso…)

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¿Cómo superar un evento traumático?

En ocasiones los síntomas pueden tener una duración limitada e ir remitiendo con el tiempo y la vuelta a la normalidad, pero es frecuente, especialmente cuando la persona ha sido víctima directa del suceso, que se haga necesaria una intervención psicológica especializada. Ésta consistiría en recopilar información sobre el hecho traumático vivido, sobre cómo han evolucionado las secuelas del mismo y qué ha tratado de hacer la persona durante este tiempo para superarlo o recuperar la normalidad… El psicólogo se dará cuenta de que algunas de las estrategia implementadas por la persona pueden ser adecuadas y otras inadecuadas, contribuyendo, sin quererlo, a mantener e incluso agravar las secuelas.

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Lo más importante para el psicólogo será conocer cómo se manifiesta actualmente el problema: De qué manera se evidencia el “trauma” y cómo está actuando la persona ahora. Esta información permitirá diseñar el abordaje y las pautas más adecuadas para corregir las dificultades y síntomas de la persona, eliminar las estrategias de afrontamiento inadecuadas, enseñar otras más adecuadas y potenciar aquellas que la persona ya está utilizando y puedan resultar favorables para la superación del trauma.

Aunque cada caso requerirá un análisis específico, algunas estrategias que pueden resultar útiles en la mayoría de estos casos se exponen a continuación.

Estrategias para superar un suceso traumático:

  • Restablecer la normalidad de la vida: Tratar de continuar con las actividades cotidianas ayudan a pasar página del suceso traumático. Esto no siempre es fácil cuando el evento se reexperimenta cognitivamente en forma de recuerdos, pensamientos intrusivos o sueños. Tampoco cuando ciertos estímulos externos elicitan los recuerdos de forma constante… Sin embargo tratar de centrar la atención en los quehaceres cotidianos ayuda a mantenernos entretenidos y reducir la aparición de pensamientos recurrentes y el tiempo dedicado a darle vueltas a los hechos. La recuperación progresiva de la mayor normalidad posible (aunque requerirá tiempo) es el principal objetivo a lograr.
  • Corregir pensamientos irracionales: Es frecuente que tras experimentar algún suceso traumático aparezcan pensamientos e ideas negativas sobre el mundo, el futuro, los otros y uno mismo… El esquema sobre el mundo y las personas que hasta ahora se tenía puede resquebrajarse (en función de la experiencia vivida) y ser sustituida por una visión más negativa. La confianza en uno mismo, en las personas y en el futuro puede verse afectada. Es frecuente que la persona se sienta insegura, indefensa y con poca sensación de control sobre las cosas. Es preciso que estas ideas y sentimientos se aborden y vayan desmontándose poco a poco para devolver a la persona la confianza y seguridad en sí mismo y en los otros, el control sobre su vida, y deje de sentirse constantemente amenazada.
  • Incrementar el estado anímico: El estado emocional se verá afectado por los hechos y las secuelas dejadas por el suceso: Los recuerdos y reexperimentación de los hechos, la presencia de pensamientos negativos, el estado de vigilancia continuo, el elevado nivel de activación, la afectación del sueño… todo esto afecta el estado emocional, manifestándose en forma de tristeza, desapego y frialdad hacia la gente o situaciones (dificultad para expresar con naturalidad emociones), apatía y falta de ganas y fuerza para hacer cosas… El estado anímico puede ir mejorando poco a poco con la ayuda del resto de estrategias que aquí se plantean.
  • Incorporación de actividades distractoras y agradables: Será importante que la persona se fuerce a estar ocupado (aunque le cueste o no le apetezca). El objetivo principal es lograr estar distraído, aunque será importante introducir también actividades agradables que puedan provocar emociones positivas. Habrá que tener algo de paciencia, es posible que al principio cueste disfrutar de las cosas y habrá que obligarse a mantenerse activo aunque no se tenga ganas de hacer nada. Poco a poco irán reapareciendo el disfrute y las ganas de hacer cosas.
  • Exposición controlada a los hechos traumáticos: Todo lo relacionado con el suceso traumático habrá quedado posiblemente “condicionado negativamente”, es decir, cualquier estímulo físico (algún objeto, persona o lugar) o cognitivo (un recuerdo o imagen) asociado al mismo tendrá la capacidad de provocar respuestas emocionales muy intensas. Los recuerdos e imágenes de los hechos tienen tanta carga emocional asociada que por ello se presentan de manera intrusiva. Para que dichos estímulos físicos, recuerdos e imágenes pierdan la capacidad de generar emociones tan intensas es preciso exponerse a ellas (ej. Hablando sobre lo ocurrido, volviendo al lugar de los hechos…), para que pueda darse un proceso de “habituación” de la respuesta emocional, es decir, que ésta vaya siendo progresivamente menos intensa ante la aparición de los estímulos desencadenantes. Es importante que esta exposición se realice de manera progresiva y controlada, siguiendo unas reglas que aseguren la “habituación” de la emoción. De lo contrario la exposición a los hechos y recuerdos traumáticos puede provocar un mantenimiento o incluso agravamiento del problema. Por ello en muchos casos es clave una intervención profesional por parte de un psicólogo que diseñe y guíe éste proceso.
  • Reducir el nivel de ansiedad y activación: Tras un hecho traumático la persona puede encontrarse más alterada durante un tiempo. Como consecuencia de esto, puede estar más irritable, irascible, impresionable, lábil emocionalmente e incluso vigilante (si ha desarrollado temor a que pueda volver a ocurrirle algo malo). Para reducir el nivel de activación es importante introducir actividades que ayuden a descargar tensión (ej. Deporte) o a inducir relajación (Ej. Yoga o cualquier cosa que genere bienestar). El entrenamiento de técnicas de relajación puede resultar muy útil.

Es importante incidir en la idea de que, pese a que habrá personas que dispongan de recursos para superar por sí mismas una experiencia traumática, en aquellos otros casos en los que exista dificultad para la superación del trauma, será importante buscar ayuda profesional que garantice un buen análisis del caso, un ajuste de la intervención a las características del mismo y una guía y acompañamiento durante el proceso de abordaje.

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INFOGRAFÍAS

Evento traumático y TEPT

CÓMO SUPERAR UN SUCESO TRAUMÁTICO

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La Motivación

¿Qué es la “Motivación?

Por lo general, a nivel cotidiano se entiende, aunque erróneamente, la motivación como una característica “interna”, algo que la persona “tiene” o no tiene y que explica por qué se comporta como lo hace, es decir, por qué estudia con tanto ahínco, por qué le pone tanto entusiasmo a su trabajo y por qué entrena tantas horas para preparar una carrera de atletismo… Pues bien, lo cierto, y lo positivo, es que la “Motivación” es algo que se construye y cualquiera puede llegar a generar, si así lo desea.

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La motivación no es observable, es decir, no tiene existencia como una entidad “interna”, sino que debe inferirse precisamente de la conducta que manifiesta la persona, de lo que ésta hace o dice, pues será lo único que nos dé pistas de si existe o no motivación. Por tanto, la motivación nos la demuestra ese ahínco, empeño, entusiasmo del que hace gala la persona cuando se comporta ante determinada situación con el fin de lograr determinadas consecuencias positivas (Ej. estudiar para aprobar un examen, trabajar duro para lograr un accenso laboral o entrenar muchas horas para ganar una carrera de atletismo) o de evitar determinadas consecuencias negativas (evitar un suspenso, evitar una reprimenda del jefe si no llegas al objetivo, quedar mal posicionado en la carrera).

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En este sentido, la motivación no es lo que explica nuestro comportamiento, sino lo que describe las características de ese comportamiento (el “cómo” se da ese comportamiento). La motivación no es la causa de que nos comportemos entusiastamente, ejecutemos algo con ahínco o trabajemos duro. ¡Eso es a lo que llamamos “motivación” y es lo que tiene que ser explicado!

Entusiasmo, ahínco, dureza, son sólo adjetivos que califican una manera en la que una persona puede comportarse en una situación dada, pero no son la causa de ese comportamientoLa causa de ese comportamiento podría ser diferente para cada persona: en algunos casos lo que “motiva” a una persona podría ser el valor del refuerzo que anticipa (aprobar el examen, lograr un ascenso, ganar la carrera), en otros casos la “motivación” se derivará del valor del castigo que se anticipa (un suspenso, una reprimenda, no clasificar en la carrera), en otros casos la “motivación” para hacer algo se deriva de la presencia o ausencia de un estímulo interno o externo, es decir, de una condición existente previamente (por ejemplo que lleves muchas horas sin comer, hará más atractiva la comida y modificará las “ganas” o el “ímpetu” con el que abordas el plato de comida cuando éste se presente, dándole a éste más valor; en el mismo sentido, si llevas mucho tiempo sin hacer deporte, es posible que esa “ausencia de hábito” se manifieste en el modo en que abordemos el reinicio de la actividad deportiva, siendo este reinicio más “perezoso”; si llevamos mucho tiempo sin ir al cine, cuando aparece la oportunidad de ir, ese “ir al cine” será realizado con mucho más entusiasmo o “ganas” que si hemos ido la tarde anterior).

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Como vemos, la motivación nunca explica, sino que describe el modo en el que nos comportamos y se traduce en ciertas características de ese modo en que hacemos las cosas (la frecuencia, la intensidad, la duración, la latencia con que emitimos una conducta), así como en la influencia, el poder o el valor que tienen determinados estímulos externos e internos para evocar esa conducta, para reforzarla o para castigarla. Por ejemplo, estar haciendo la digestión (estado interno) dificulta el que llegada la hora del entrenamiento nos pongamos impetuosos a realizar ejercicio; que venga a visitarnos aquel amigo al que hace tanto que no vemos, hace que de repente nos apetezca más unirnos a esa cena de viejos amigos del colegio a la que tanta pereza nos daba asistir; el ver duplicado nuestro sueldo a fin de mes favorece que nos esforcemos más en alcanzar los objetivos; el anticipar lo mal que nos puede sentar comernos todo ese cubo de palomitas puede favorecer que nos controlemos más a la hora de comerlo que si no nos acordamos de estas consecuencias.

Como conclusión, de todo esto se deriva que la motivación no es una característica interna y permanente de las personas, ni algo que unos tengan y otros no, sino que es algo que depende de variables externas e internas que favorecen y explican su aparición. En este sentido, se pueden hacer cambios en uno mismo y el ambiente para favorecer el desarrollo de “motivación” y la aparición de comportamientos “motivados”. En concreto, en la práctica clínica, son muchas las estrategias de las que hace uso el psicólogo con el objetivo de motivar a la persona para el cambio y favorecer su implicación en la terapia.

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Jugar es aprender

Se corre el riesgo de considerar el juego como algo improductivo, por tratarse de una actividad lúdica y estar relacionado con el tiempo libre. Por el contrario, el juego ha demostrado ser de gran importancia para el desarrollo de los niños. Estas conclusiones fueron defendidas en  el Informe “Juego, Juguete y Salud” de la Fundación Crecer Jugando).

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El juego simbólico (en el que se simulan situaciones y se representan papeles) es una actividad lúdica a través de la cual el niño puede poner en marcha muchos procesos de aprendizaje por medio de la representación de situaciones de la vida cotidiana y del mundo que le rodea. A través de este tipo de juego se puede aprender por imitación comportamientos que ha observado en otros modelos de conducta (como pueden ser los padres, otros adultos o sus propios iguales). juguetesAsí mismo, en los juegos se pueden representar situaciones que obligan a los pequeños a generar e interpretar nuevos roles, a buscar soluciones para las situaciones que ellos mismos plantean, a ponerse en la situación del otroy a desarrollar habilidades sociales y emocionales(sobre todo cuando el juego es compartido)… En definitiva, los momentos de juego simbólico abren al niño la posibilidad de adquirir un gran número de habilidades de manera espontánea y económica (en la mayoría de ocasiones con pocas cosas basta para que el niño dé rienda suelta a su imaginación), sin tener que experimentar directamente todas las situaciones que en el juego simbólico se pueden simular.

Los Beneficios del juego para el desarrollo de los niños

Como vemos, “El Juego” es una actividad importante en el proceso de desarrollo, pues además de proporcionar momentos de placer y satisfacción para los niños (pues es algo que les expone a emociones positivas y a estímulos gratificantes), supone, como hemos anticipado, una vía para aprender estrategias de gestión de conflictos, una manera de ensayar habilidades de comunicación y resolución de problemas, una buena forma de liberar tensiones, una oportunidad para afrontar miedos de una manera más fácil… Y todo este conjunto de comportamientos pasarán a formar parte del repertorio de conductas del niño y podrán ser aplicadas posteriormente en la vida real. Es además uno de los mejores modos de empezar a tomar contacto con el mundo que rodea al niño y experimentar la realidad desde las edades más tempranas.

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Está claro que no todos los juegos son de carácter simbólico, ni todos permiten el desarrollo de las mismas habilidades o capacidades, pero es importante entender que los momentos de juego son importantes para la maduración y el aprendizaje de los niños y hay que preservarlos y favorecerlos. Prácticamente todos los juegos y todas las actividades lúdicas tienen aspectos positivos (siempre y cuando se establezcan las condiciones y límites adecuados para su uso y práctica) y permitirán generar situaciones para el aprendizaje de múltiples estrategias y habilidades (cognitivas, sociales, emocionales, motoras…

Como establece la OMS (Organización Mundial de la Salud), “la salud es un estado completo de bienestar físico, mental y social” y no la mera ausencia de enfermedad. En el caso de los niños, ese bienestar pasa, sin duda, por la preservación de momentos de carácter lúdico y distendido más allá de la mera actividad académica y “productiva”. Aunque si tenemos en cuenta todo lo aquí tratado, nos podemos dar cuenta de que el juego, lejos de ser una actividad “improductiva”, es productiva y mucho…

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Psicología: Aprendizaje y posibilidad de cambio

*Publicado originalmente el 24 de agosto de 2011 

Lo Psicológico es “lo Aprendido”:

… y lo aprendido es susceptible de ser modificado

En diversos post hemos definido La Psicología como disciplina que se ocupa del estudio científico del comportamiento humanobasándose para ello en estudios experimentales sobre el modo en que los animales y las personas aprenden diferentes conductas y sobre las Leyes de Aprendizaje subyacentes. Se ha reflexionado también sobre las diferencias entre la Psicología y otras disciplinas (como pueden ser la medicina, la psiquiatría, la sociología…) con las que ésta comparte intereses y objetivos de actuación (la persona o el grupo como objeto de estudio y la explicación del comportamiento o el incremento de la salud y el bienestar de las personas como diana de acción).

En concreto, la Psicología se plantea como objeto de estudio la conducta/comportamiento de la persona, es decir, el modo en que ésta interactúa con su entorno o contexto y, en cuanto al objetivo de acción, lo que busca es siempre una modificación o cambio favorable en los comportamientos estudiados. El fin último es siempre lograr una mejor adaptación a su entorno, ya sea laboral, familiar, de pareja, escolar, social

Como vemos, los ámbitos de intervención de los Psicólogos son muchos, puesto que el comportamiento está en todas partes, es decir, en todas las áreas de la vida, las personas nos comportamos o interactuamos con el entorno para adaptarnos a él. Ésta es la única manera posible en que se desarrolla la vida: a través de una interacción constante con los diferentes contextos en que participamos, con el objetivo último de adaptarnos a las diferentes situaciones que se nos plantean.

Lo Psicológico es “lo Aprendido” y lo aprendido es susceptible de ser modificadoA lo largo de esta interacción y proceso de adaptación continuoque es la VIDA, vamos adquiriendo aprendizajes (patrones de comportamiento, incluyendo como tales los modos de hacer, decir, pensar…) que se van incorporando a nuestro “Repertorio Básico de Conductas”, que no es otra cosa que lo que podríamos denominar “nuestro bagaje vital”: son las maneras de hacer, pensar y reaccionar ante diversas circunstancias que se ha incorporado precisamente a partir del contacto o exposición previa a situaciones similares. Es por ello que cuando nos exponemos a una situación o pasamos por un determinado momento vital, no lo hacemos “en blanco”, sino con una historia de aprendizaje previa que puede influir en cómo interpretemos y actuemos ante los acontecimientos, en función de nuestra experiencia anterior y de si disponemos o no de estrategias de afrontamientoeficaces. Estas estrategias se habrían aprendido o no, a lo largo de esta historia de aprendizaje, y su presencia, ausencia o mal uso de las mismas, puede derivar en la aparición de problemas psicológicos si confluyen ciertas circunstancias en la persona y el entorno.

Cuando hablamos de lo “psicológico” (es decir, cuando nos referimos a algo poniendo el adjetivo de “psicológico”), nos estamos refiriendo a que es “aprendido”. Cuando decimos que algo es “aprendido”, nos referimos a un cambio en el comportamiento que es producto o resultado de la experiencia (es decir, de la interacción del individuo con el entorno). Pero… ¿qué es lo “aprendido” en las personas?: En las personas lo aprendido es todo su Repertorio Básico de Conductas, toda su historia de aprendizaje, pues a excepción de unos pocos reflejos muy básicos, con los que venimos al mundo y que nos permiten iniciar ese proceso de interacción y adaptación al ambiente, el resto de conductas que vamos desarrollando e incorporando son aprendidas. En este sentido habría pocas cosas innatas (a excepción de este reducido patrón de reflejos) y el resto de lo que “somos”, vendría confeccionado por el tipo de experiencias de aprendizaje y de influencias y modelos de conducta que tengamos a lo largo del desarrollo.

Para llegar a lo que somos habrán jugado un papel fundamental las experiencias de aprendizaje por contacto directo con las situaciones y  estímulos y experiencias de aprendizaje indirecto, a través de la observación de la conducta de otros o de la información que otros nos transmiten (medios de comunicación, libros, película, otras personas…). No sería necesario pasar por todas las situaciones para aprender a actuar en ellas, porque somos capaces de imitar y generalizar conductas a situaciones similares sin tener que estar aprendiendo por la experiencia directa con todas ellas.

Hasta aquí podemos sacar varias cosas en claro:

  1. El Psicólogo como Profesional de la SaludLos psicólogos estudiamos la conducta de las personas en interacción con su medio y si esta conducta favorece la adaptación y el bienestar de la persona o por el contrario causa problemas.
  2. El comportamiento de las personas es aprendido y por ello la Psicología se ocupa de “lo aprendido”, para en caso de ser necesario, modificarlo.
  3. Lo aprendido, en tanto que no es innato sino que ha sido desarrollado e incorporado al repertorio de conducta en algún momento de la vida, puede ser modificado.
  4. El objetivo último que perseguimos los psicólogos es intervenir en el comportamiento de las personas para favorecer la adaptación a los contextos en que participe (social, laboral, académico, familiar, de pareja…).

Puesto que son muchos los contextos en los que las personas participamos y en los que puede ser relevante introducir modificaciones en la conducta (ej. aumentar el rendimiento laboral o académico, mejorar la comunicación y el trabajo en grupo en un departamento empresarial o en un aula, mejorar los problemas sexuales o comunicativos de una pareja, enseñar a unos padres a establecer límites a sus hijos de una manera adecuada…), son también muchas las especialidades o áreas en las que el psicólogo puede desarrollar sus funciones (formación, recursos humanos, intervención clínica, el contexto educativo, investigación…). De todos ellos, vamos a centrarnos en el ámbito clínico.

El Psicólogo Clínico se propone como objetivo mejorar el bienestar de las personas, ayudándolas a solucionar sus problemas psicológicos. Un Problema Psicológico es aquel problema que emerge en la interacción de la persona con su medio, imposibilitando una correcta adaptación y causándole malestar. Los problemas psicológicos afectan al individuo en su totalidad y a la forma de adaptarse e interactuar con su medio. Su aparición depende de la existencia o no de habilidades de afrontamiento en el repertorio del sujeto y de que se haga o no un uso adecuado de ellas (ej. habría estrategias que podrían ser adecuadas ante ciertas situaciones o problemas pero inadecuadas ante otros). Una estrategia de afrontamiento usada de manera inadecuada o ante situaciones inadecuadas podría ayudar a incrementar el problema o convertirse en sí misma en el problema (ej. evitar las cosas que nos dan miedo puede ser ventajoso a corto plazo pero contribuir al incremento del miedo a medio/largo plazo si esto nos impide exponernos a las situaciones temidas, pues el miedo se irá perpetuando).

Para que algo sea considerado un problema psicológico debe ser identificado como tal por la persona o por su entorno, no obstante, hasta que no es el propio individuo el que lo reconoce como problemático y busca ayuda psicológica, no se convierte en un “Problema Clínico”, que pueda ser objeto de intervención. Si la persona no detecta un comportamiento como problemático, difícilmente se planteará cambiarlo y hará los esfuerzos necesarios para ello. En ocasiones son terceras personas las que detectan el problema en otro y acuden a consulta (este es el caso de niños y adolescentes, en que los demandantes de intervención suelen ser los padres). En estos casos la intervención podría realizarse a través de estas personas, siempre y cuando fuera posible, aunque teniendo en cuenta que los logros pueden ser limitados.

¿En qué se basa la Intervención Psicológica?

El Tratamiento Psicológico parte del supuesto de que toda conducta, tanto la problemática como la adaptativa, es aprendida en base a los mismos principios o Leyes de Aprendizaje, y por tanto, también puede ser modificada o desaprendida en base a dichos principios. Es importante tener en cuenta que las diferencias entre conducta adaptada y desadaptada son de grado (cuantitativas: intensidad, frecuencia, latencia… de la conducta). La conducta es un continuo y los extremos pueden ser disfuncionales.

Lo Psicológico es “lo Aprendido” y lo aprendido es susceptible de ser modificadoPara que la intervención y el cambio sea posible, habría que: 1) Primero describir, analizar y explicar las conductas problemáticas encontrando aquellos elementos o variables que participan en el mantenimiento de dichos problemas (lo que desencadena las conductas inadecuadas y las consecuencias que le siguen para la persona o el entorno), lo que supone realizar lo que se denomina “Análisis Funcional” de la conducta; para 2) En segundo lugar, introducir modificaciones a través de la alteración de dichas contingencias antecedentes y consecuentes, lo que es posible mediante el uso de las Técnicas de Intervención Psicológica.

A la hora de analizar un problema el psicólogo estudia tanto aquellos factores predisponentes o facilitadores (que aumentan la probabilidad de que aparezca el problema), como aquellos factores explicativos de su origen y mantenimiento (que forman parte del problema). A los primeros les denominamos “Variables Disposicionales”, porque predisponen a ciertas conductas (ej. ser un adolescente aumenta la probabilidad de caer en el consumo de drogas, pero no explica que un adolescente consuma o no, ya que aunque es un factor de vulnerabilidad, no todos los adolescentes consumen); a los segundos les denominamos “Variables Funcionales”porque tienen una influencia directa y causal en la conducta, siendo las que explican que ciertos comportamientos se den y se mantengan o por el contrario, desaparezcan (ej. el tener droga disponible y que un amigo la ofrezca persuadiéndote de sus efectos positivos puede ser el detonante para un primer consumo, así mismo, experimentar sensaciones positivas y aprobación social puede explicar que en situaciones similares en que la droga vuelva a estar disponible, se repita el consumo). Como vemos, ambas variables son diferentes: las “Variables Disposicionales” hacen referencia a características o condiciones de la persona o del ambiente más o menos estables (ej. la edad de una persona, las características de su contexto laboral o social, la presencia o no de algún tipo de problema físico, la existencia o no en su repertorio de habilidades de afrontamiento…) y las “Variables Funcionales” hacen referencia al papel que juegan diversos elementos de la situación como estímulo antecedente o de estímulo consecuente (ej. el que aparezca un estímulo que elicita una emoción o evoca un comportamiento que de darse obtendrá unas consecuencias positivas o negativas).

En cuanto a las Variables Funcionales, la investigación psicológica demuestra que aquellas conductas que van seguidas de consecuencias positivas (“refuerzo”) tenderán a repetirse y aquellas que van seguidas de consecuencias negativas (“castigo”) tenderán a desaparecer. Las personas aprendemos que ante una situación antecedente, si emitimos cierto comportamiento, éste tendrá unas consecuencias. En base a estos aprendizajes nos desenvolvemos en nuestro entorno, pudiendo generalizar a otros contextos, incorporar conductas nuevas a nuestro repertorio y modificar las ya existentes.

Los Psicólogos Clínicos para el desarrollo de su labor hacen uso de dos tipos de conocimiento:

  1. Un conocimiento teórico sobre las Leyes de Aprendizaje (que explican la conducta)
  2. Un conocimiento práctico o aplicado, sobre la tecnología que hace posible cambio: Las Técnicas de Intervención Psicológica (o Técnicas de  Modificación de Conducta)

Por tanto, el papel del Psicólogo Clínico cuando acude una persona a su consulta será:

  1. Describir, explicar y predecir la conducta utilizando para ello el Análisis Funcional: Herramienta característica del psicólogo que permite establecer las relaciones funcionales de una conducta con los elementos antecedentes y consecuentes que la explican.
  2. Modificar conductas disfuncionales e instaurar conductas funcionalesutilizando para ello las Técnicas de Modificación de Conducta, que están basadas en las Leyes de Aprendizaje y han sido avaladas empíricamente a través de investigación de laboratorio. El psicólogo tomará la decisión de aplicar unas técnicas u otras precisamente en función de cuál sea su Análisis Funcional del problema.

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Psicofármacos ¿Eficacia? ¿Peligro?

Robert Whitaker periodista especializado en temas de medicina y ciencia, realizó un análisis de todas las enfermedades mentales, lanzando la polémica conclusión de que la mayoría de los fármacos psicoactivos no sólo son ineficaces, sino que además resultan perjudiciales a largo plazo.

Resumo aquí sus principales argumentos y conclusiones e invito a leer el enlace que adjunto, pues clarifica muchas ideas erróneas y aspectos desconocidos del modo en que los psicofármacos actúan en nuestro cerebro y las consecuencias derivadas de su consumo:

  • Se está produciendo un aumento de la prescripción y consumo psicofármacos, lo cual resulta peligroso pues cuando una persona empieza a ser medicada, se introduce en una  “espiral de consumo” de la que es extremadamente difícil volver a salir.
  • Los psicofármacos, pueden aliviar ciertos síntomas a corto plazo, pero, causan daños cerebrales a largo plazo, cuya duración se prolonga en el tiempo más que los daños que se hubieran derivado de la progresión natural de la enfermedad mental, sin intervención farmacológica (según sus conclusiones)
  • Lo anterior se debe a que el consumo habitual de psicofármacos hace que el cerebro comience a funcionar de manera diferente a lo normal, en un intento por parte del cerebro de compensar los cambios que los fármacos introducen en el funcionamiento neuronal.
  • En el intento de compensar los efectos del fármaco, las neuronas comienzan a fallar y se empiezan a manifestar los efectos secundarios del medicamento (que no es otra cosa que la puesta en marcha de los mecanismos compensatorios por parte del cerebro).
  • Cuando la persona empieza a notar esos efectos secundarios derivados del consumo de psicofármacos, puede acudir al médico en busca de un tratamiento paliativo. El resultado final es el consumo de un cóctel de psicofármacos para un cóctel de diagnósticos”.
  • El problema llega cuando los efectos secundarios del consumo de un psicofármaco dan lugar a un cuadro que pueda ser catalogado como un “nuevo trastorno mental”, generándose así un nuevo diagnóstico que debe ser medicado. Whitaker pone como ejemplo los cuadros de “Manía” que en ocasiones aparecen desencadenados por un consumo prolongado de antidepresivos. Estos estados puede derivar en el diagnóstico de trastorno bipolar y conllevar un nuevo tratamiento con estabilizadores del ánimo.
  • El consumo abusivo de psicofármacos da lugar a una atrofia cerebral, algo que ha sido demostrado en los estudios de Nancy Andreasen, prestigiosa neurocientífica y psiquiatra que ha sido galardonada por sus investigaciones sobre el efecto de los psicofármacos en los cerebros de personas con enfermedad mental
  • El problema del inicio del consumo de psicofármacos es que una vez dado el paso, tiene mala solución, debido a la dificultad que supone el proceso de retirada de estos medicamentos. Bajar la dosis de un psicofármaco resulta complicado pues el organismo ha desarrollado mecanismos compensatorios que continúan manteniéndose a pesar de la desaparición del fármaco que los activó. Aparecen así una serie de síntomas asociados al proceso de retirada que suelen confundirse con los de la recaída de la enfermedad original. Esto lleva a muchos psiquiatras a reanudar el tratamiento farmacológico, incluso a dosis más elevadas, cuando se trata de un proceso normal por el que el organismo trata de recuperar su homeostasis.

Como colofón, os dejo una de las reflexiones que plantea Whitaker:

Al menos, tenemos que dejar de creer que los psicofármacos son el mejor y único tratamiento para la enfermedad mental y el sufrimiento psicológico. Tanto la psicoterapia como el ejercicio físico han demostrado ser tan eficaces como los psicofármacos para la depresión y sus efectos son más duraderos; sin embargo, por desgracia, no existe una industria para impulsar estas alternativas”.

Tras esta exposición me gustaría aclarar que no se trata de ser radicales y decir que el uso de psicofármacos resulta siempre negativo e inadecuado, pues en ocasiones puede resultar un recurso de ayuda, aunque con carácter puntual. Lo que sí es importante es que su administración sea controlada, de duración limitada y sólo en condiciones justificadas, acompañándose a poder ser de otro tipo de intervenciones (como la intervención psicológica) que trabajen por unos beneficios a largo plazo.

http://www.infocop.es/view_article.asp?id=3843&cat=38

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El Análisis Funcional de la Conducta explicado en cinco claves

Si un psicólogo (normalmente de la corriente Conductual o Cognitivo-Conductual) te habla de “Análisis Funcional”, aquí tienes cinco claves para entender a qué se refiere:

1. Es un instrumento explicativo: El Análisis Funcional equivale a la explicación del problema en términos científicos. Contempla cómo se han desarrollado (aprendido) los comportamientos problemáticos y, lo más importante, por qué se están manteniendo a día de hoy. Contempla también un conjunto de variables (variables disposicionales) que influyen en la aparición o mantenimiento del problema, que no son la causa, pero sí unos facilitadores (una especie de “caldo de cultivo”).

2. Aporta rigurosidad la labor clínica: Es la principal herramienta que tenemos los psicólogos para explicar en términos científicos el comportamiento de las personas: Lo que hacemos, lo que pensamos, nuestras reacciones emocionales…

Estímulo_Respuesta_Consecuencia

3. Orienta la intervención y aumenta su eficacia: En el ámbito clínico es de vital importancia saber hacer un buen análisis funcional de los comportamientos problemáticos de la persona que acude a terapia para, en base a ello, establecer los objetivos de intervención y seleccionar las estrategias y técnicas adecuadas para modificar esas conductas e instaurar otras más adaptativas. Sin una comprensión funcional del problema el psicólogo podría caer en dar “palos de ciego” durante la intervención y no dispondría de ninguna guía que seguir ni ningún criterio objetivo que le permita valorar las mejoras de la persona o darla el alta.

4. Tiene base científica: Lo que las personas hacemos, pensamos y sentimos puede ser explicado por unos Procesos de Aprendizaje que han sido demostrados experimentalmente. Conociendo dichos procesos podemos explicar cualquier comportamiento humano, sea problemático o no.

5. Resulta más explicativo, útil y menos estigmatizante que una “etiqueta” diagnóstica: Los diagnósticos son descripciones globales del problema de una persona. Dicen en qué problema “encasillarle” (ej, ansiedad, depresión…), pero no explican qué es lo que le pasa concretamente a la persona y por qué. Por tanto, resultan poco útiles para entender el problema y para planificar su intervención y además favorecen la pasividad y la indefensión: La persona se identifica como “ansiosa” o “depresiva” sin comprender que esos estados dependen de cosas que ella hace, de cómo está afrontando las cosas. Si la persona no sabe qué cosas le llevan a sentirse ansiosa o depresiva, sentirá poco control sobre el problema y poca capacidad para solucionarlo. El Análisis Funcional, a diferencia de la etiqueta, establece qué comportamientos específicos son los problemáticos, cómo se han originado y por qué se mantienen. Permite a la persona conocer qué cosas está haciendo que le hacen sentir mal y al psicólogo explicar qué debe hacer para modificarlas.

Si quieres ampliar información: El Análisis Funcional de la Conducta: La clave de la Intervención Psicológica

 

INFOGRAFÍA- ANÁLISIS FUNCIONAL

 

*Si eres psicólogo o estudias psicología y te interesa este tema, puedes estar atento a nuestros cursos sobre “Análisis Funcional Aplicado a la Intervención Clínica” en la página web de ITEMA: www.itemadrid.net

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Los celos en la relación de pareja

Hablamos de “celos” para referirnos al miedo a perder a la pareja, a ser engañados o rechazados por ésta, a que ésta nos sustituya por otra persona… La respuesta de “Celos” viene caracterizada por pensamientos distorsionados e irracionales acerca de nuestra pareja y nuestra relación, que generan respuestas de temor y ansiedad, y por actuaciones encaminadas a ejercer control sobre las conductas de la pareja, con el objetivo de buscar seguridad y mitigar nuestros miedos.

celos

De este modo, cuando hablamos de celos no nos estamos refiriendo a una “enfermedad” (aunque a veces parezca profundamente asentado en la naturaleza de la persona y aparentemente incontrolable), sino a una manera de gestionar la relación de pareja que ha sido aprendida. Nos estamos refiriendo a un patrón comportamental (pues se traduce en una serie de pensamientos y comportamientos). Esto quiere decir, que en la medida en que se detecta un problema de celos, podemos aprender a cambiar esa manera nociva de gestionar la relación.

¿En qué consisten los celos?

En un problema de celos podemos encontrar un patrón generalmente conformado por las siguientes respuestas:

  • Respuestas Cognitivas: Pensamientos e interpretaciones irracionales sobre aspectos de la relación de pareja. Por ejemplo, se interpretan de manera distorsionada lo que hace la pareja, aparecen dudas sobre la implicación del otro con relación, se cuestionan y se analizan con suspicacia las intenciones de otras personas hacia nuestra pareja o de nuestra pareja hacia nosotros o hacia otras personas… Cualquier cosa relacionada con la relación puede ser objeto de interpretaciones erróneas y sesgadas, dando lugar a cadenas de pensamietos interminables, que provocan inseguridad, malestar, ansiedad, suspicacia e irritabilidad.
  • Respuestas Psicofisiológicas y emocionales: Los pensamientos e interpretaciones distorsionadas sobre los comportamientos de la pareja generan miedos, inseguridades y nuevas dudas constantes, que incrementan nuestra percepción de amenaza y peligro y desencadenan la respuesta de ansiedad, llevándonos a poner en marcha el tercer componente del “cuadro”: las acciones destinadas al control de la pareja y a calmar nuestros miedos y dudas.
  • Respuestas Motoras: Son todas aquellas acciones que el “celoso” pondría en marcha para tratar de controlar a la pareja, buscar indicios con el fin de confirmar o desmentir sus sospechas, tratar de impedir que se cumplan sus temores infundados… y en definitiva, cualquier conducta que tenga como objetivo la búsqueda de seguridad y la reducción del miedo y la ansiedad que experimenta el celoso. Ejemplo de todo ello sería: Impedir que la pareja vaya a sitios o que vea a ciertas personas con el objetivo de reducir la probabilidad de que pueda ser infiel, limitar sus oportunidades de conocer a otras personas por el miedo a que le puedan atraer más, llamar constantemente a la pareja para confirmar dónde está y con quién, cuestionar todas sus explicaciones, preguntarle constantemente si está a gusto con la relación o si nos sigue queriendo, revisar su móvil y objetos personales…

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El círculo de los celos

Los problemas de celos en la pareja suelen tener un patrón prototípico que explica además su mantenimiento en el tiempo a modo de círculo vicioso que se refuerza a sí mismo: La persona celosa, sin necesidad de que exista un motivo o señal justificada (pues si no existe, la buscará y la generará, percibiéndola como real), teme que su pareja pueda engañarle, serle infiel, abandonarle por otro o sentir atracción por otra persona. Estos temores se manifiestan en forma de ideas e interpretaciones distorsionadas e irracionales. De forma que los comportamientos de la pareja, los motivos por los que hace ciertas cosas, sus idas y venidas, las quedadas con amigos… son explicados en términos alejados de la realidad, y más concretamente, en términos que, por un lado generan dudas (ej. “últimamente hacemos menos cosas juntos, seguro que hay otra persona”) y que por otro lado, vienen a confirmar o a proporcionar datos de las sospechas y temores del celoso (ej. “hoy me ha dicho que ha quedado con su primo, seguro que es porque ha quedado con la persona con la que se está viendo”).

En definitiva, todo es interpretado en términos “celosos” y este tipo de interpretaciones tienen una repercusión directa en el estado de ánimo y en el nivel de activación fisiológica. Cuando pensamos en términos negativos, el efecto directo es sentirnos mal a nivel emocional, por ello, cuando pensamos que nuestra pareja nos puede engañar o dejar, nos sentiremos inseguros, tristes, temerosos y además, probablemente ansiosos e incluso irritables, malhumorados y vigilantes. La posibilidad de perder a la pareja lleva al celoso a estar sobreactivado e hipervigilante, tratando de detectar y atender a cualquier señal que se presente y que pueda ayudar a disipar sus dudas. El problema de este estado es que, además de generar un gran malestar, lleva a no poder disfrutar de la relación de pareja, y lo que es más importante: el que busca, ¡¡encuentra!! y no encuentra porque realmente existan datos fehacientes que confirmen nuestras dudas o sospechas, sino porque cualquier cosa será susceptible de ser interpretada en términos confirmatorios, lo que incrementa el miedo y malestar, haciendo necesario aumentar el nivel de alerta y controlar cada vez más lo que hace la pareja.

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¿Por qué se mantienen los celos?

El círculo vicioso que mantiene los comportamientos celosos funcionaría así: Las interpretaciones distorsionadas llevan al celoso a sentirse mal y a preocuparse. Con el objetivo de reducir estas preocupaciones y mitigar esas dudas pone en marcha conductas de control y de hipervigilancia hacia su pareja con el fin de controlar todo lo que ésta hace y así reducir sus temores. Pero esta estrategia de solución resulta altamente inadecuada, pues aunque pueda suponer un alivio inmediato, mantienen el problema a largo plazo, dado que lo que la pareja hace suele ser nuevamente interpretado en términos distorsionados (y más en ese estado de inseguridad y suspicacia en el que se encuentra el “celoso”), de manera que, en lugar de reducir sus dudas y generarle tranquilidad, mantiene abierta la incertidumbre. El celoso nunca se encontrará totalmente satisfecho con las explicaciones o esta tranquilidad será momentánea, pues SIEMPRE surgirán nuevas dudas, nuevos motivos de temor y nuevas señales que despierten suspicacia. Por ello siempre sentirá que tiene que mantener el control sobre la pareja, elevándose progresivamente ese nivel de control.

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Cuando el “celoso” actúa movido por sus miedos, sus interpretaciones de los hechos son tan distorsionadas que generan un nivel de activación muy elevado y además la atención se dirige selectivamente a aquellos datos que vienen a confirmar sus miedos, pasando muchas veces desapercibidos, o no dándole importancia a otros muchos datos y señales que vendrían a apoyar precisamente lo contrario: que la pareja no tiene ninguna intención de ser infiel ni de poner fin a la relación.

Implicaciones para la relación de pareja

Este problema tiene unas repercusiones para las dos partes de la pareja y para la relación: Por un lado demanda mucha energía y genera mucha ansiedad y malestar en la persona celosa. El “celoso”, pese a que el temor sea infundado, lo vive como algo real, lo que deriva en un gran sufrimiento que explica los intentos de controlar a la pareja en busca de seguridad. Para la pareja, el control al que se ve sometida puede ser cada vez más injustificable y asfixiante, generándole también ansiedad y malestar. No es agradable ser cuestionado y controlado en todo. Observar que nada de lo que hace es suficiente para eliminar las dudas de su pareja, a la que quiere, provoca mucha impotencia, al ver que no puede hacer nada para modificar la situación (aunque eso no es del todo así, como veremos en el siguiente punto).

celos-problema

Como consecuencia de lo anterior, la relación de pareja también se va deteriorando progresivamente. Los comportamientos celosos introducen modificaciones en lo que era la relación de pareja inicial, alterando progresivamente la dinámica de interacción, lo que puede llevar a que a la otra parte ya no le compense. La pareja ya no parece la misma persona de la que se había enamorado y la relación, lejos de ser satisfactoria, se ha convertido en asfixiante. Finalmente pueden llegar a confirmarse  los temores del celoso: Que la pareja quiera poner fin a la relación por no poder soportar tanto control o no merecerle ya la pena.

¿Qué papel juega cada miembro de la pareja en el problema?

Aunque pueda resultar chocante, la otra parte de la pareja tiene también cierta implicación en el mantenimiento del problema y de las conductas celosas. Por eso, un problema de celos se termina convirtiendo en un problema del que participan ambos miembros de la pareja, cada uno de una forma.

Los intentos de control del celoso no surgen de la maldad o la intención de hacer daño a la pareja, sino del miedo y la inseguridad que genera la posible pérdida del ser querido. Cuando el otro empieza a conocer los celos de su pareja y a ser “víctima” de esos intentos de control (preguntas, puesta de límites…), en un primer momento puede no darles importancia, e incluso hacerle gracia y verlos como una muestra de amor, aviniéndose a ellos para que la pareja esté tranquila, comprenda que no tiene de qué durar y a veces también para evitar conflictos y situaciones tensas. A nivel social tiene mucho calado la idea de que “si siente celos es porque me quiere”. En esta línea, un estudio norteamericano ha demostrado recientemente que más del 33% de las parejas dice sufrir celos y la mitad de los encuestados los consideran una consecuencia inevitable del amor verdadero, aunque en realidad, los celos no son un reflejo directo del cariño, sino del miedo al riesgo de la pérdida, y a la larga pueden generar problemas en la relación y mucho malestar para las partes implicadas.

celos

Cuando los comportamientos celosos empiezan a aparecer puede pensarse que se trata de una etapa de inseguridad pasajera, pero que en cuanto el compañero comprenda que no tiene nada de lo que temer, todo volverá a su ser. Es por ello que al principio la otra parte puede acceder a darle explicaciones de todo lo que hace, a cogerle el teléfono en todo momento, a dejar de salir con los amigos el fin de semana, a dejar de hablar con una persona que es “objeto de sospecha”, pues además las exigencias empezarán siendo moderadas para irse incrementando poco a poco. Pero una vez se han permitido intentos de control previos, es difícil cortarlos. Cualquier intento posterior de cortar los intentos de control o cualquier negativa a los mismos, puede ser interpretado por como una confirmación de sus temores. Entrando al juego poco a poco es como la otra parte de la pareja contribuye, sin ser su voluntad, al mantenimiento y agravamiento de las conductas celosas, y al verse preso de este control, puede empezar a mentir y ocultar información con el doble fin de que su pareja no lo pase mal, y de evitar disputas. Este es un ejemplo de cómo los celos pueden llevar justo a lo que no se desea.

Podría darse el caso de que ambos miembros fueran celosos y ejercieran conductas de control sobre la pareja. En estos casos la explicación del mantenimiento sería similar, pero ambas partes serían a la vez emisores y receptores de los comportamientos celosos. En estos casos en los que ambas personas tienen un patrón de comportamiento similar podría ser percibido por ellos como el modo normal de estar en pareja, pues es el modo en que han podido aprender a relacionarse en parejas anteriores u observando a parejas cercanas; así mismo, ambos miembros de la pareja funcionan como modelos de conducta para el otro, reforzándose estos patrones de actuación.

Una vez clarificado el problema de celos, no me gustaría cerrar este artículo sin volver a incidir en la idea de que a estar en pareja se aprende. No nacemos siendo celosos. Se puede aprender a ser celosos o se pueden desarrollar celos en una relación puntual. Se puede ser más o menos celoso… Todo ello depende de muchos factores. Pero lo importante es que, en la medida en que esto suponga un problema para la persona o la relación, es posible tratar de solucionarlo y aprender a estar en pareja de una manera más satisfactoria y saludable. Si uno solo no es capaz de controlar los celos, la solución no es pretender remitirlos capando la libertad de la pareja, sino que es posible buscar ayuda profesional.

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*Este post fue publicado originalmente el 2 de Diciembre del 2011: Los celos en la relación de pareja

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