Psicología: Aprendizaje y posibilidad de cambio

*Publicado originalmente el 24 de agosto de 2011 

Lo Psicológico es “lo Aprendido”:

… y lo aprendido es susceptible de ser modificado

En diversos post hemos definido La Psicología como disciplina que se ocupa del estudio científico del comportamiento humanobasándose para ello en estudios experimentales sobre el modo en que los animales y las personas aprenden diferentes conductas y sobre las Leyes de Aprendizaje subyacentes. Se ha reflexionado también sobre las diferencias entre la Psicología y otras disciplinas (como pueden ser la medicina, la psiquiatría, la sociología…) con las que ésta comparte intereses y objetivos de actuación (la persona o el grupo como objeto de estudio y la explicación del comportamiento o el incremento de la salud y el bienestar de las personas como diana de acción).

En concreto, la Psicología se plantea como objeto de estudio la conducta/comportamiento de la persona, es decir, el modo en que ésta interactúa con su entorno o contexto y, en cuanto al objetivo de acción, lo que busca es siempre una modificación o cambio favorable en los comportamientos estudiados. El fin último es siempre lograr una mejor adaptación a su entorno, ya sea laboral, familiar, de pareja, escolar, social

Como vemos, los ámbitos de intervención de los Psicólogos son muchos, puesto que el comportamiento está en todas partes, es decir, en todas las áreas de la vida, las personas nos comportamos o interactuamos con el entorno para adaptarnos a él. Ésta es la única manera posible en que se desarrolla la vida: a través de una interacción constante con los diferentes contextos en que participamos, con el objetivo último de adaptarnos a las diferentes situaciones que se nos plantean.

Lo Psicológico es “lo Aprendido” y lo aprendido es susceptible de ser modificadoA lo largo de esta interacción y proceso de adaptación continuoque es la VIDA, vamos adquiriendo aprendizajes (patrones de comportamiento, incluyendo como tales los modos de hacer, decir, pensar…) que se van incorporando a nuestro “Repertorio Básico de Conductas”, que no es otra cosa que lo que podríamos denominar “nuestro bagaje vital”: son las maneras de hacer, pensar y reaccionar ante diversas circunstancias que se ha incorporado precisamente a partir del contacto o exposición previa a situaciones similares. Es por ello que cuando nos exponemos a una situación o pasamos por un determinado momento vital, no lo hacemos “en blanco”, sino con una historia de aprendizaje previa que puede influir en cómo interpretemos y actuemos ante los acontecimientos, en función de nuestra experiencia anterior y de si disponemos o no de estrategias de afrontamientoeficaces. Estas estrategias se habrían aprendido o no, a lo largo de esta historia de aprendizaje, y su presencia, ausencia o mal uso de las mismas, puede derivar en la aparición de problemas psicológicos si confluyen ciertas circunstancias en la persona y el entorno.

Cuando hablamos de lo “psicológico” (es decir, cuando nos referimos a algo poniendo el adjetivo de “psicológico”), nos estamos refiriendo a que es “aprendido”. Cuando decimos que algo es “aprendido”, nos referimos a un cambio en el comportamiento que es producto o resultado de la experiencia (es decir, de la interacción del individuo con el entorno). Pero… ¿qué es lo “aprendido” en las personas?: En las personas lo aprendido es todo su Repertorio Básico de Conductas, toda su historia de aprendizaje, pues a excepción de unos pocos reflejos muy básicos, con los que venimos al mundo y que nos permiten iniciar ese proceso de interacción y adaptación al ambiente, el resto de conductas que vamos desarrollando e incorporando son aprendidas. En este sentido habría pocas cosas innatas (a excepción de este reducido patrón de reflejos) y el resto de lo que “somos”, vendría confeccionado por el tipo de experiencias de aprendizaje y de influencias y modelos de conducta que tengamos a lo largo del desarrollo.

Para llegar a lo que somos habrán jugado un papel fundamental las experiencias de aprendizaje por contacto directo con las situaciones y  estímulos y experiencias de aprendizaje indirecto, a través de la observación de la conducta de otros o de la información que otros nos transmiten (medios de comunicación, libros, película, otras personas…). No sería necesario pasar por todas las situaciones para aprender a actuar en ellas, porque somos capaces de imitar y generalizar conductas a situaciones similares sin tener que estar aprendiendo por la experiencia directa con todas ellas.

Hasta aquí podemos sacar varias cosas en claro:

  1. El Psicólogo como Profesional de la SaludLos psicólogos estudiamos la conducta de las personas en interacción con su medio y si esta conducta favorece la adaptación y el bienestar de la persona o por el contrario causa problemas.
  2. El comportamiento de las personas es aprendido y por ello la Psicología se ocupa de “lo aprendido”, para en caso de ser necesario, modificarlo.
  3. Lo aprendido, en tanto que no es innato sino que ha sido desarrollado e incorporado al repertorio de conducta en algún momento de la vida, puede ser modificado.
  4. El objetivo último que perseguimos los psicólogos es intervenir en el comportamiento de las personas para favorecer la adaptación a los contextos en que participe (social, laboral, académico, familiar, de pareja…).

Puesto que son muchos los contextos en los que las personas participamos y en los que puede ser relevante introducir modificaciones en la conducta (ej. aumentar el rendimiento laboral o académico, mejorar la comunicación y el trabajo en grupo en un departamento empresarial o en un aula, mejorar los problemas sexuales o comunicativos de una pareja, enseñar a unos padres a establecer límites a sus hijos de una manera adecuada…), son también muchas las especialidades o áreas en las que el psicólogo puede desarrollar sus funciones (formación, recursos humanos, intervención clínica, el contexto educativo, investigación…). De todos ellos, vamos a centrarnos en el ámbito clínico.

El Psicólogo Clínico se propone como objetivo mejorar el bienestar de las personas, ayudándolas a solucionar sus problemas psicológicos. Un Problema Psicológico es aquel problema que emerge en la interacción de la persona con su medio, imposibilitando una correcta adaptación y causándole malestar. Los problemas psicológicos afectan al individuo en su totalidad y a la forma de adaptarse e interactuar con su medio. Su aparición depende de la existencia o no de habilidades de afrontamiento en el repertorio del sujeto y de que se haga o no un uso adecuado de ellas (ej. habría estrategias que podrían ser adecuadas ante ciertas situaciones o problemas pero inadecuadas ante otros). Una estrategia de afrontamiento usada de manera inadecuada o ante situaciones inadecuadas podría ayudar a incrementar el problema o convertirse en sí misma en el problema (ej. evitar las cosas que nos dan miedo puede ser ventajoso a corto plazo pero contribuir al incremento del miedo a medio/largo plazo si esto nos impide exponernos a las situaciones temidas, pues el miedo se irá perpetuando).

Para que algo sea considerado un problema psicológico debe ser identificado como tal por la persona o por su entorno, no obstante, hasta que no es el propio individuo el que lo reconoce como problemático y busca ayuda psicológica, no se convierte en un “Problema Clínico”, que pueda ser objeto de intervención. Si la persona no detecta un comportamiento como problemático, difícilmente se planteará cambiarlo y hará los esfuerzos necesarios para ello. En ocasiones son terceras personas las que detectan el problema en otro y acuden a consulta (este es el caso de niños y adolescentes, en que los demandantes de intervención suelen ser los padres). En estos casos la intervención podría realizarse a través de estas personas, siempre y cuando fuera posible, aunque teniendo en cuenta que los logros pueden ser limitados.

¿En qué se basa la Intervención Psicológica?

El Tratamiento Psicológico parte del supuesto de que toda conducta, tanto la problemática como la adaptativa, es aprendida en base a los mismos principios o Leyes de Aprendizaje, y por tanto, también puede ser modificada o desaprendida en base a dichos principios. Es importante tener en cuenta que las diferencias entre conducta adaptada y desadaptada son de grado (cuantitativas: intensidad, frecuencia, latencia… de la conducta). La conducta es un continuo y los extremos pueden ser disfuncionales.

Lo Psicológico es “lo Aprendido” y lo aprendido es susceptible de ser modificadoPara que la intervención y el cambio sea posible, habría que: 1) Primero describir, analizar y explicar las conductas problemáticas encontrando aquellos elementos o variables que participan en el mantenimiento de dichos problemas (lo que desencadena las conductas inadecuadas y las consecuencias que le siguen para la persona o el entorno), lo que supone realizar lo que se denomina “Análisis Funcional” de la conducta; para 2) En segundo lugar, introducir modificaciones a través de la alteración de dichas contingencias antecedentes y consecuentes, lo que es posible mediante el uso de las Técnicas de Intervención Psicológica.

A la hora de analizar un problema el psicólogo estudia tanto aquellos factores predisponentes o facilitadores (que aumentan la probabilidad de que aparezca el problema), como aquellos factores explicativos de su origen y mantenimiento (que forman parte del problema). A los primeros les denominamos “Variables Disposicionales”, porque predisponen a ciertas conductas (ej. ser un adolescente aumenta la probabilidad de caer en el consumo de drogas, pero no explica que un adolescente consuma o no, ya que aunque es un factor de vulnerabilidad, no todos los adolescentes consumen); a los segundos les denominamos “Variables Funcionales”porque tienen una influencia directa y causal en la conducta, siendo las que explican que ciertos comportamientos se den y se mantengan o por el contrario, desaparezcan (ej. el tener droga disponible y que un amigo la ofrezca persuadiéndote de sus efectos positivos puede ser el detonante para un primer consumo, así mismo, experimentar sensaciones positivas y aprobación social puede explicar que en situaciones similares en que la droga vuelva a estar disponible, se repita el consumo). Como vemos, ambas variables son diferentes: las “Variables Disposicionales” hacen referencia a características o condiciones de la persona o del ambiente más o menos estables (ej. la edad de una persona, las características de su contexto laboral o social, la presencia o no de algún tipo de problema físico, la existencia o no en su repertorio de habilidades de afrontamiento…) y las “Variables Funcionales” hacen referencia al papel que juegan diversos elementos de la situación como estímulo antecedente o de estímulo consecuente (ej. el que aparezca un estímulo que elicita una emoción o evoca un comportamiento que de darse obtendrá unas consecuencias positivas o negativas).

En cuanto a las Variables Funcionales, la investigación psicológica demuestra que aquellas conductas que van seguidas de consecuencias positivas (“refuerzo”) tenderán a repetirse y aquellas que van seguidas de consecuencias negativas (“castigo”) tenderán a desaparecer. Las personas aprendemos que ante una situación antecedente, si emitimos cierto comportamiento, éste tendrá unas consecuencias. En base a estos aprendizajes nos desenvolvemos en nuestro entorno, pudiendo generalizar a otros contextos, incorporar conductas nuevas a nuestro repertorio y modificar las ya existentes.

Los Psicólogos Clínicos para el desarrollo de su labor hacen uso de dos tipos de conocimiento:

  1. Un conocimiento teórico sobre las Leyes de Aprendizaje (que explican la conducta)
  2. Un conocimiento práctico o aplicado, sobre la tecnología que hace posible cambio: Las Técnicas de Intervención Psicológica (o Técnicas de  Modificación de Conducta)

Por tanto, el papel del Psicólogo Clínico cuando acude una persona a su consulta será:

  1. Describir, explicar y predecir la conducta utilizando para ello el Análisis Funcional: Herramienta característica del psicólogo que permite establecer las relaciones funcionales de una conducta con los elementos antecedentes y consecuentes que la explican.
  2. Modificar conductas disfuncionales e instaurar conductas funcionalesutilizando para ello las Técnicas de Modificación de Conducta, que están basadas en las Leyes de Aprendizaje y han sido avaladas empíricamente a través de investigación de laboratorio. El psicólogo tomará la decisión de aplicar unas técnicas u otras precisamente en función de cuál sea su Análisis Funcional del problema.

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Psicofármacos ¿Eficacia? ¿Peligro?

Robert Whitaker periodista especializado en temas de medicina y ciencia, realizó un análisis de todas las enfermedades mentales, lanzando la polémica conclusión de que la mayoría de los fármacos psicoactivos no sólo son ineficaces, sino que además resultan perjudiciales a largo plazo.

Resumo aquí sus principales argumentos y conclusiones e invito a leer el enlace que adjunto, pues clarifica muchas ideas erróneas y aspectos desconocidos del modo en que los psicofármacos actúan en nuestro cerebro y las consecuencias derivadas de su consumo:

  • Se está produciendo un aumento de la prescripción y consumo psicofármacos, lo cual resulta peligroso pues cuando una persona empieza a ser medicada, se introduce en una  “espiral de consumo” de la que es extremadamente difícil volver a salir.
  • Los psicofármacos, pueden aliviar ciertos síntomas a corto plazo, pero, causan daños cerebrales a largo plazo, cuya duración se prolonga en el tiempo más que los daños que se hubieran derivado de la progresión natural de la enfermedad mental, sin intervención farmacológica (según sus conclusiones)
  • Lo anterior se debe a que el consumo habitual de psicofármacos hace que el cerebro comience a funcionar de manera diferente a lo normal, en un intento por parte del cerebro de compensar los cambios que los fármacos introducen en el funcionamiento neuronal.
  • En el intento de compensar los efectos del fármaco, las neuronas comienzan a fallar y se empiezan a manifestar los efectos secundarios del medicamento (que no es otra cosa que la puesta en marcha de los mecanismos compensatorios por parte del cerebro).
  • Cuando la persona empieza a notar esos efectos secundarios derivados del consumo de psicofármacos, puede acudir al médico en busca de un tratamiento paliativo. El resultado final es el consumo de un cóctel de psicofármacos para un cóctel de diagnósticos”.
  • El problema llega cuando los efectos secundarios del consumo de un psicofármaco dan lugar a un cuadro que pueda ser catalogado como un “nuevo trastorno mental”, generándose así un nuevo diagnóstico que debe ser medicado. Whitaker pone como ejemplo los cuadros de “Manía” que en ocasiones aparecen desencadenados por un consumo prolongado de antidepresivos. Estos estados puede derivar en el diagnóstico de trastorno bipolar y conllevar un nuevo tratamiento con estabilizadores del ánimo.
  • El consumo abusivo de psicofármacos da lugar a una atrofia cerebral, algo que ha sido demostrado en los estudios de Nancy Andreasen, prestigiosa neurocientífica y psiquiatra que ha sido galardonada por sus investigaciones sobre el efecto de los psicofármacos en los cerebros de personas con enfermedad mental
  • El problema del inicio del consumo de psicofármacos es que una vez dado el paso, tiene mala solución, debido a la dificultad que supone el proceso de retirada de estos medicamentos. Bajar la dosis de un psicofármaco resulta complicado pues el organismo ha desarrollado mecanismos compensatorios que continúan manteniéndose a pesar de la desaparición del fármaco que los activó. Aparecen así una serie de síntomas asociados al proceso de retirada que suelen confundirse con los de la recaída de la enfermedad original. Esto lleva a muchos psiquiatras a reanudar el tratamiento farmacológico, incluso a dosis más elevadas, cuando se trata de un proceso normal por el que el organismo trata de recuperar su homeostasis.

Como colofón, os dejo una de las reflexiones que plantea Whitaker:

Al menos, tenemos que dejar de creer que los psicofármacos son el mejor y único tratamiento para la enfermedad mental y el sufrimiento psicológico. Tanto la psicoterapia como el ejercicio físico han demostrado ser tan eficaces como los psicofármacos para la depresión y sus efectos son más duraderos; sin embargo, por desgracia, no existe una industria para impulsar estas alternativas”.

Tras esta exposición me gustaría aclarar que no se trata de ser radicales y decir que el uso de psicofármacos resulta siempre negativo e inadecuado, pues en ocasiones puede resultar un recurso de ayuda, aunque con carácter puntual. Lo que sí es importante es que su administración sea controlada, de duración limitada y sólo en condiciones justificadas, acompañándose a poder ser de otro tipo de intervenciones (como la intervención psicológica) que trabajen por unos beneficios a largo plazo.

http://www.infocop.es/view_article.asp?id=3843&cat=38

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El Análisis Funcional de la Conducta explicado en cinco claves

Si un psicólogo (normalmente de la corriente Conductual o Cognitivo-Conductual) te habla de “Análisis Funcional”, aquí tienes cinco claves para entender a qué se refiere:

1. Es un instrumento explicativo: El Análisis Funcional equivale a la explicación del problema en términos científicos. Contempla cómo se han desarrollado (aprendido) los comportamientos problemáticos y, lo más importante, por qué se están manteniendo a día de hoy. Contempla también un conjunto de variables (variables disposicionales) que influyen en la aparición o mantenimiento del problema, que no son la causa, pero sí unos facilitadores (una especie de “caldo de cultivo”).

2. Aporta rigurosidad la labor clínica: Es la principal herramienta que tenemos los psicólogos para explicar en términos científicos el comportamiento de las personas: Lo que hacemos, lo que pensamos, nuestras reacciones emocionales…

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3. Orienta la intervención y aumenta su eficacia: En el ámbito clínico es de vital importancia saber hacer un buen análisis funcional de los comportamientos problemáticos de la persona que acude a terapia para, en base a ello, establecer los objetivos de intervención y seleccionar las estrategias y técnicas adecuadas para modificar esas conductas e instaurar otras más adaptativas. Sin una comprensión funcional del problema el psicólogo podría caer en dar “palos de ciego” durante la intervención y no dispondría de ninguna guía que seguir ni ningún criterio objetivo que le permita valorar las mejoras de la persona o darla el alta.

4. Tiene base científica: Lo que las personas hacemos, pensamos y sentimos puede ser explicado por unos Procesos de Aprendizaje que han sido demostrados experimentalmente. Conociendo dichos procesos podemos explicar cualquier comportamiento humano, sea problemático o no.

5. Resulta más explicativo, útil y menos estigmatizante que una “etiqueta” diagnóstica: Los diagnósticos son descripciones globales del problema de una persona. Dicen en qué problema “encasillarle” (ej, ansiedad, depresión…), pero no explican qué es lo que le pasa concretamente a la persona y por qué. Por tanto, resultan poco útiles para entender el problema y para planificar su intervención y además favorecen la pasividad y la indefensión: La persona se identifica como “ansiosa” o “depresiva” sin comprender que esos estados dependen de cosas que ella hace, de cómo está afrontando las cosas. Si la persona no sabe qué cosas le llevan a sentirse ansiosa o depresiva, sentirá poco control sobre el problema y poca capacidad para solucionarlo. El Análisis Funcional, a diferencia de la etiqueta, establece qué comportamientos específicos son los problemáticos, cómo se han originado y por qué se mantienen. Permite a la persona conocer qué cosas está haciendo que le hacen sentir mal y al psicólogo explicar qué debe hacer para modificarlas.

Si quieres ampliar información: El Análisis Funcional de la Conducta: La clave de la Intervención Psicológica

 

INFOGRAFÍA- ANÁLISIS FUNCIONAL

 

*Si eres psicólogo o estudias psicología y te interesa este tema, puedes estar atento a nuestros cursos sobre “Análisis Funcional Aplicado a la Intervención Clínica” en la página web de ITEMA: www.itemadrid.net

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Los celos en la relación de pareja

Hablamos de “celos” para referirnos al miedo a perder a la pareja, a ser engañados o rechazados por ésta, a que ésta nos sustituya por otra persona… La respuesta de “Celos” viene caracterizada por pensamientos distorsionados e irracionales acerca de nuestra pareja y nuestra relación, que generan respuestas de temor y ansiedad, y por actuaciones encaminadas a ejercer control sobre las conductas de la pareja, con el objetivo de buscar seguridad y mitigar nuestros miedos.

celos

De este modo, cuando hablamos de celos no nos estamos refiriendo a una “enfermedad” (aunque a veces parezca profundamente asentado en la naturaleza de la persona y aparentemente incontrolable), sino a una manera de gestionar la relación de pareja que ha sido aprendida. Nos estamos refiriendo a un patrón comportamental (pues se traduce en una serie de pensamientos y comportamientos). Esto quiere decir, que en la medida en que se detecta un problema de celos, podemos aprender a cambiar esa manera nociva de gestionar la relación.

¿En qué consisten los celos?

En un problema de celos podemos encontrar un patrón generalmente conformado por las siguientes respuestas:

  • Respuestas Cognitivas: Pensamientos e interpretaciones irracionales sobre aspectos de la relación de pareja. Por ejemplo, se interpretan de manera distorsionada lo que hace la pareja, aparecen dudas sobre la implicación del otro con relación, se cuestionan y se analizan con suspicacia las intenciones de otras personas hacia nuestra pareja o de nuestra pareja hacia nosotros o hacia otras personas… Cualquier cosa relacionada con la relación puede ser objeto de interpretaciones erróneas y sesgadas, dando lugar a cadenas de pensamietos interminables, que provocan inseguridad, malestar, ansiedad, suspicacia e irritabilidad.
  • Respuestas Psicofisiológicas y emocionales: Los pensamientos e interpretaciones distorsionadas sobre los comportamientos de la pareja generan miedos, inseguridades y nuevas dudas constantes, que incrementan nuestra percepción de amenaza y peligro y desencadenan la respuesta de ansiedad, llevándonos a poner en marcha el tercer componente del “cuadro”: las acciones destinadas al control de la pareja y a calmar nuestros miedos y dudas.
  • Respuestas Motoras: Son todas aquellas acciones que el “celoso” pondría en marcha para tratar de controlar a la pareja, buscar indicios con el fin de confirmar o desmentir sus sospechas, tratar de impedir que se cumplan sus temores infundados… y en definitiva, cualquier conducta que tenga como objetivo la búsqueda de seguridad y la reducción del miedo y la ansiedad que experimenta el celoso. Ejemplo de todo ello sería: Impedir que la pareja vaya a sitios o que vea a ciertas personas con el objetivo de reducir la probabilidad de que pueda ser infiel, limitar sus oportunidades de conocer a otras personas por el miedo a que le puedan atraer más, llamar constantemente a la pareja para confirmar dónde está y con quién, cuestionar todas sus explicaciones, preguntarle constantemente si está a gusto con la relación o si nos sigue queriendo, revisar su móvil y objetos personales…

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El círculo de los celos

Los problemas de celos en la pareja suelen tener un patrón prototípico que explica además su mantenimiento en el tiempo a modo de círculo vicioso que se refuerza a sí mismo: La persona celosa, sin necesidad de que exista un motivo o señal justificada (pues si no existe, la buscará y la generará, percibiéndola como real), teme que su pareja pueda engañarle, serle infiel, abandonarle por otro o sentir atracción por otra persona. Estos temores se manifiestan en forma de ideas e interpretaciones distorsionadas e irracionales. De forma que los comportamientos de la pareja, los motivos por los que hace ciertas cosas, sus idas y venidas, las quedadas con amigos… son explicados en términos alejados de la realidad, y más concretamente, en términos que, por un lado generan dudas (ej. “últimamente hacemos menos cosas juntos, seguro que hay otra persona”) y que por otro lado, vienen a confirmar o a proporcionar datos de las sospechas y temores del celoso (ej. “hoy me ha dicho que ha quedado con su primo, seguro que es porque ha quedado con la persona con la que se está viendo”).

En definitiva, todo es interpretado en términos “celosos” y este tipo de interpretaciones tienen una repercusión directa en el estado de ánimo y en el nivel de activación fisiológica. Cuando pensamos en términos negativos, el efecto directo es sentirnos mal a nivel emocional, por ello, cuando pensamos que nuestra pareja nos puede engañar o dejar, nos sentiremos inseguros, tristes, temerosos y además, probablemente ansiosos e incluso irritables, malhumorados y vigilantes. La posibilidad de perder a la pareja lleva al celoso a estar sobreactivado e hipervigilante, tratando de detectar y atender a cualquier señal que se presente y que pueda ayudar a disipar sus dudas. El problema de este estado es que, además de generar un gran malestar, lleva a no poder disfrutar de la relación de pareja, y lo que es más importante: el que busca, ¡¡encuentra!! y no encuentra porque realmente existan datos fehacientes que confirmen nuestras dudas o sospechas, sino porque cualquier cosa será susceptible de ser interpretada en términos confirmatorios, lo que incrementa el miedo y malestar, haciendo necesario aumentar el nivel de alerta y controlar cada vez más lo que hace la pareja.

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¿Por qué se mantienen los celos?

El círculo vicioso que mantiene los comportamientos celosos funcionaría así: Las interpretaciones distorsionadas llevan al celoso a sentirse mal y a preocuparse. Con el objetivo de reducir estas preocupaciones y mitigar esas dudas pone en marcha conductas de control y de hipervigilancia hacia su pareja con el fin de controlar todo lo que ésta hace y así reducir sus temores. Pero esta estrategia de solución resulta altamente inadecuada, pues aunque pueda suponer un alivio inmediato, mantienen el problema a largo plazo, dado que lo que la pareja hace suele ser nuevamente interpretado en términos distorsionados (y más en ese estado de inseguridad y suspicacia en el que se encuentra el “celoso”), de manera que, en lugar de reducir sus dudas y generarle tranquilidad, mantiene abierta la incertidumbre. El celoso nunca se encontrará totalmente satisfecho con las explicaciones o esta tranquilidad será momentánea, pues SIEMPRE surgirán nuevas dudas, nuevos motivos de temor y nuevas señales que despierten suspicacia. Por ello siempre sentirá que tiene que mantener el control sobre la pareja, elevándose progresivamente ese nivel de control.

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Cuando el “celoso” actúa movido por sus miedos, sus interpretaciones de los hechos son tan distorsionadas que generan un nivel de activación muy elevado y además la atención se dirige selectivamente a aquellos datos que vienen a confirmar sus miedos, pasando muchas veces desapercibidos, o no dándole importancia a otros muchos datos y señales que vendrían a apoyar precisamente lo contrario: que la pareja no tiene ninguna intención de ser infiel ni de poner fin a la relación.

Implicaciones para la relación de pareja

Este problema tiene unas repercusiones para las dos partes de la pareja y para la relación: Por un lado demanda mucha energía y genera mucha ansiedad y malestar en la persona celosa. El “celoso”, pese a que el temor sea infundado, lo vive como algo real, lo que deriva en un gran sufrimiento que explica los intentos de controlar a la pareja en busca de seguridad. Para la pareja, el control al que se ve sometida puede ser cada vez más injustificable y asfixiante, generándole también ansiedad y malestar. No es agradable ser cuestionado y controlado en todo. Observar que nada de lo que hace es suficiente para eliminar las dudas de su pareja, a la que quiere, provoca mucha impotencia, al ver que no puede hacer nada para modificar la situación (aunque eso no es del todo así, como veremos en el siguiente punto).

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Como consecuencia de lo anterior, la relación de pareja también se va deteriorando progresivamente. Los comportamientos celosos introducen modificaciones en lo que era la relación de pareja inicial, alterando progresivamente la dinámica de interacción, lo que puede llevar a que a la otra parte ya no le compense. La pareja ya no parece la misma persona de la que se había enamorado y la relación, lejos de ser satisfactoria, se ha convertido en asfixiante. Finalmente pueden llegar a confirmarse  los temores del celoso: Que la pareja quiera poner fin a la relación por no poder soportar tanto control o no merecerle ya la pena.

¿Qué papel juega cada miembro de la pareja en el problema?

Aunque pueda resultar chocante, la otra parte de la pareja tiene también cierta implicación en el mantenimiento del problema y de las conductas celosas. Por eso, un problema de celos se termina convirtiendo en un problema del que participan ambos miembros de la pareja, cada uno de una forma.

Los intentos de control del celoso no surgen de la maldad o la intención de hacer daño a la pareja, sino del miedo y la inseguridad que genera la posible pérdida del ser querido. Cuando el otro empieza a conocer los celos de su pareja y a ser “víctima” de esos intentos de control (preguntas, puesta de límites…), en un primer momento puede no darles importancia, e incluso hacerle gracia y verlos como una muestra de amor, aviniéndose a ellos para que la pareja esté tranquila, comprenda que no tiene de qué durar y a veces también para evitar conflictos y situaciones tensas. A nivel social tiene mucho calado la idea de que “si siente celos es porque me quiere”. En esta línea, un estudio norteamericano ha demostrado recientemente que más del 33% de las parejas dice sufrir celos y la mitad de los encuestados los consideran una consecuencia inevitable del amor verdadero, aunque en realidad, los celos no son un reflejo directo del cariño, sino del miedo al riesgo de la pérdida, y a la larga pueden generar problemas en la relación y mucho malestar para las partes implicadas.

celos

Cuando los comportamientos celosos empiezan a aparecer puede pensarse que se trata de una etapa de inseguridad pasajera, pero que en cuanto el compañero comprenda que no tiene nada de lo que temer, todo volverá a su ser. Es por ello que al principio la otra parte puede acceder a darle explicaciones de todo lo que hace, a cogerle el teléfono en todo momento, a dejar de salir con los amigos el fin de semana, a dejar de hablar con una persona que es “objeto de sospecha”, pues además las exigencias empezarán siendo moderadas para irse incrementando poco a poco. Pero una vez se han permitido intentos de control previos, es difícil cortarlos. Cualquier intento posterior de cortar los intentos de control o cualquier negativa a los mismos, puede ser interpretado por como una confirmación de sus temores. Entrando al juego poco a poco es como la otra parte de la pareja contribuye, sin ser su voluntad, al mantenimiento y agravamiento de las conductas celosas, y al verse preso de este control, puede empezar a mentir y ocultar información con el doble fin de que su pareja no lo pase mal, y de evitar disputas. Este es un ejemplo de cómo los celos pueden llevar justo a lo que no se desea.

Podría darse el caso de que ambos miembros fueran celosos y ejercieran conductas de control sobre la pareja. En estos casos la explicación del mantenimiento sería similar, pero ambas partes serían a la vez emisores y receptores de los comportamientos celosos. En estos casos en los que ambas personas tienen un patrón de comportamiento similar podría ser percibido por ellos como el modo normal de estar en pareja, pues es el modo en que han podido aprender a relacionarse en parejas anteriores u observando a parejas cercanas; así mismo, ambos miembros de la pareja funcionan como modelos de conducta para el otro, reforzándose estos patrones de actuación.

Una vez clarificado el problema de celos, no me gustaría cerrar este artículo sin volver a incidir en la idea de que a estar en pareja se aprende. No nacemos siendo celosos. Se puede aprender a ser celosos o se pueden desarrollar celos en una relación puntual. Se puede ser más o menos celoso… Todo ello depende de muchos factores. Pero lo importante es que, en la medida en que esto suponga un problema para la persona o la relación, es posible tratar de solucionarlo y aprender a estar en pareja de una manera más satisfactoria y saludable. Si uno solo no es capaz de controlar los celos, la solución no es pretender remitirlos capando la libertad de la pareja, sino que es posible buscar ayuda profesional.

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*Este post fue publicado originalmente el 2 de Diciembre del 2011: Los celos en la relación de pareja

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Siete claves para desconectar en vacaciones

Después de todo el año esperando, por fin llegan las vacaciones, tan ansiadas como fugaces. Ahora toca aprovechar al máximo estos preciados días, para volver con las pilas cargadas y la sensación de haber disfrutado y DESCONECTADO POR COMPLETO.

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1. Cambia de aires: Nuestro entorno habitual se asocia, aún sin quererlo, a las tensiones, estresores, responsabilidades y preocupaciones de las obligaciones cotidianas y eso repercute en nuestro estado emocional. En la medida de lo posible, cambiar de entorno durante las vacaciones facilitará el desconectar de las fuentes de estrés y cambiar, por tanto, nuestro estado de ánimo.

2. Deja las cosas organizadas: Tranquiliza saber que cuando te vas, lo haces dejando cerrados todos los asuntos relevantes, así que utiliza las semanas previas para lograr este objetivo.

3. apagar-equipo-pngDesconexión 2.0: Apaga las notificaciones laborales, cierra el ordenador, guarda el móvil de empresa y mantén a raya todo lo que tenga que ver con el trabajo. Se trata de “cambiar el trabajo por otro entorno”, no de “trabajar en otro entorno”. Mientras sigas pendiente de lo que sucede en el trabajo, no terminarás de “soltar carga” y disfrutar realmente. Si no es posible tener una desconexión completa, márcate unos “Work-Time”: Reserva exclusivamente unos minutos al día o a la semana para mirar el correo, hacer llamadas y solucionar todo aquello que sea urgente y el resto del tiempo prohíbete pensar en ello y dedícate a disfrutar.

4. Mantén las preocupaciones a raya: No permitas que los problemas acaparen tu tiempo de vacaciones. Si hay asuntos que resolver y la solución está en tu mano, trata de dejarlo cerrado antes de irte. Si la solución tiene que esperar, mantenlo en “stand-by” hasta que sea el momento de darle solución, de nada sirve darle vueltas si no hay nada que hacer de momento; Y si la solución no está en tu mano, no permitas que esos pensamientos improductivos te impidan relajarte y disfrutar. Ten en cuenta que cuanto más lo pienses, más aparecerán esos pensamientos y más relevante parecerá el asunto.

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5. Date un “regalo” (o muchos): Tomate la licencia de darte algunos placeres. No hace falta que sean grandes cosas, a veces la felicidad y el disfrute se encuentra en las cosas más pequeñas y sencillas (Ej. Echarse una siesta, tomarse un helado, dar un paseo por la orilla del mar, darse un automasaje, comprarse ese capricho que llevas tiempo deseando…).

Vacaciones-2015

6. Haz actividades agradables: Las vacaciones son buen momento para hacer tus actividades favoritas, sólo o acompañado. Tanto si te gustan las cosas relajadas, como si te gusta la aventura, la playa, la montaña, el turismo urbano, la gastronomía…o eres carne de “festivales” veraniegos… encuéntrale sitio dentro de tus vacaciones. Sentirás que éstas han sido más productivas si logras hacer aquellas cosas que te llenan. Nuestros estados de ánimo dependen de las cosas que hacemos y de con quién las hacemos.

7. Procurar la duración justa: Siempre que se pueda, tratar de que las vacaciones sean lo suficientemente largas para desconectar, pero no tanto que la readaptación a la rutina resulte demasiado costosa. Lo ideal sería poder distribuírselas en varios momentos a lo largo del año, para que la carga anual se haga más llevadera.

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Aprender a desconectar debe ser un compromiso propio que a veces requiere esfuerzo y práctica y que no debería estar sólo rescindido a las vacaciones, sino algo a proponernos durante todo el año. Buscar momentos de desconexión y disfrute en el día a día nos hará la vida más agradable y llevadera.

INFOGRAFÍA-Claves para desconectar en vacaciones

 

PUBLICADO ORIGINALMENTE el 23 – julio – 2015: Siete claves para desconectar en vacaciones

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La atadura de no saber decir NO

Como personas tenemos derecho a elegir lo que queremos hacer, en qué queremos involucrarnos, qué peticiones asumir y cuáles rechazar… Esto implica asumir nuestra libertad de decir que NO a aquello que no nos interesa, pero sobre todo implica saber ejercer esa libertad cuando realmente lo deseemos. Aquí es donde muchas personas encuentran una traba. Decir NO a otro no siempre es fácil, o no lo es para todos, ni en todas las circunstancias.

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Sentirnos en la obligación a decir SI o de acceder a cualquier petición, supone renunciar a nuestras necesidades, deseos e intereses en favor de las del otro. No hay ningún problema en ello si esta renuncia personal responde a una libre elección que se realiza de forma puntual, cuando la situación lo requiere y nosotros realmente lo queremos. Pero se convierte en un problema si siempre priorizamos las necesidades del resto en detrimento de las propias y esa renuncia responde al miedo o la dificultad a decir que no al otro. Detrás de estos miedos y dificultades suelen encontrarse ideas irracionales sobre lo que pensarán o cómo reaccionarán los otros ante nuestras negativas, llegando la persona a preferir renunciar a sus deseos con tal de evitar una posible confrontación o rechazo del otro.

Saber decir que NO es una de las principales habilidades “Asertivas” (Las personas asertivas son aquellas que conocen sus derechos y saben ejercerlos de forma adecuada, sin ser sumisos ni pasarse al extremo agresivo, y respetando los derechos de los demás). Aprender a ejercer el derecho a decir NO cuando deseemos (pudiendo estar disponibles cuando así lo queramos) nos ayudará a sentirnos más dueños de nuestra vida, en lugar de sentir que otros llevan las riendas de nuestras decisiones.

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Si siempre decimos sí a todo, nuestro entorno aprende que siempre estamos disponibles y se extrañarán si algún día eso cambia. Este es uno de los principales problemas cuando nos proponemos hacer cambios en nuestra dinámica habitual. El entorno reacciona ante nuestra “novedosa” asertividad y a veces no es bien recibida. No gusta obtener un NO donde antes siempre había un SÍ… pero… ¿Cuál es el coste personal de esos sies? ¿Realmente merece la pena esa atadura?… Merece la pena probar a decir que NO. Normalmente nos encontraremos que el entorno lo respeta (aunque a veces desearían un sí), pero en el caso de que alguien reaccione mal, será cuestión de tiempo que se rehabitúen a esta nueva manera de funcionar.

Hay quien puede resistirse y extrañarse ante nuestro NO. Algunos insistirán, tratarán de convencer e incluso manipular y hacer chantaje emocional. Estas reacciones pueden ser comprensibles (cada cual reacciona a su manera), pero nunca nos deben disuadir de nuestra elección. Los intentos manipulativos son comportamientos con los que se debe aprender a lidiar. Ser capaces de mantener nuestro SI nos reportará a la larga un mayor bienestar, pese a las dificultades iniciales que implica empezar a hacer las cosas de forma distinta.

Aceptar las peticiones de otros debe ser siempre una elección personal realizada libremente y no bajo la atadura de nuestros miedos irracionales, responsabilidades autoimpuestas o presiones de los otros. Ayudar al resto es algo muy gratificante en muchas ocasiones, pero deja de serlo cuando no se realiza de manera genuina, sino por una falta de habilidad para ejercer nuestros deseos e intereses. Lo ideal es aprender a mantener un equilibrio entre nuestros límites y nuestra disponibilidad.

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A decir NO se aprende. No es fácil salirse del patrón habitual pero poco a poco puede irse modificando. ¡Todo es empezar! Se trata de mantenerse firme en el NO, sin sucumbir a las presiones o manipulaciones del otro, pero tampoco a nuestros propios miedos (Ej. “Y si se enfada”).

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Diez claves para ejercer el derecho a decir NO:

1. Asumir nuestro derecho a decir NO: Todos tenemos derecho a decir NO cuando deseemos con independencia de la reacción del otro.

2. Respetar las negativas de los otros: Debemos aprender a respetar las negativas de los otros, aunque nos duelan o fastidien. Las relaciones sanas son aquellas en las que se respetan los deseos, necesidades y opiniones del otro, pese a no compartirlas.

3. Sólo somos responsables de nuestra actuación: El problema de no aceptar un NO es del que lo recibe y no del que lo da, pues éste simplemente está ejerciendo su derecho. Lo único que está en nuestra mano controlar es el transmitir la negativa de manera adecuada, tratando de que el otro no se sienta herido (aunque esto no siempre se consigue).

4. No cargarse con lo que no es nuestro: No tenemos la responsabilidad de resolver los problemas del otro. Si nosotros no estamos disponibles, el otro deberá buscar otras soluciones que no nos impliquen. A todos nos han dicho que no en algún momento y siempre existen alternativas. No somos los únicos “salvavidas”.

5. Poner nuestros límites al entorno: Enseñar a la gente que no siempre estamos disponibles nos ayudará a romper las ataduras que supone la disponibilidad absoluta.

6. Comprobar las consecuencias reales: Es importante poner a prueba que decir NO no tiene consecuencias tan graves. Nuestra imagen personal y nuestras relaciones no tienen por qué verse deterioradas por negarnos a ciertas cosas, pero la mejor forma de comprobarlo es practicando.

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7. Tomar las riendas de nuestras decisiones para fortalecer nuestra seguridad y autoestima: Cuando empecemos a decir No y a darnos prioridad a nosotros mismos nos sentiremos más seguros y a gusto. Sentirnos a expensas de los demás deteriora el autoconcepto, nos debilita y provoca malestar y resentimientos.

8. Frente al chantaje emocional, firmeza y literalidad: Cuando tratan de presionarnos haciéndonos sentir mal, tenemos dos armas: 1) Mantenernos firmes y seguros en nuestro NO, y 2) Atender sólo a la literalidad del mensaje del otro y no a la carga emocional implícita. (Ej. “Yo siempre te ayudo. ¿Cómo puedes dejarme tirado?”). Si no “hacemos nuestro” el ataque implícito, no nos dejaremos llevar por el sentimiento de culpa que el otro pretende generar (Ej. “Es cierto, muchas veces me has ayudado y te lo agradezco mucho”).

9. Ofrecer alternativas si así se deseas: Decir No a una petición concreta no implica que no estemos disponibles en otras ocasiones o que no se puedan plantear alternativas, acuerdos o condiciones para acceder a la petición.

10. Cuidado con las escusas: Una escusa puede facilitar el trago de decir NO, pero se corre el riesgo de tener que ir inventando una tras otra ante la insistencia del interlocutor, además del riesgo a ser pillado. Es mejor ser honestos (siempre y cuando sea posible y se desee dar el motivo real). No obstante, también tenemos derecho a no justificarnos, no dar explicaciones por el NO, o a querer reservar las razones reales. En estos casos se puede pedir al otro simplemente que respete nuestra respuesta y no insista. Aunque los demás puedan querer saber, nosotros decidimos qué queremos contar.

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¿Es posible cambiar nuestra “manera de ser”?

Cuando pensamos en hacer cambios en nuestra vida, nos vienen a la cabeza deseos y objetivos de todo tipo, algunos de ellos relativos a aspectos de nuestra manera de ser, otros relacionados con nuestros hábitos o con pasos que queremos dar… Pero… ¿Podemos conseguir todos ellos?, ¿Por dónde empezar?… Antes de ponernos manos a la obra es importante establecer las siguientes diferencias:

1)      Diferenciemos entre deseos y objetivos: Debemos marcarnos como objetivo cosas que esté en nuestra mano conseguir si realizamos las acciones destinadas a su logro. Los deseos, sin embargo, no siempre aluden a objetivos realizables, pues no siempre tenemos el control absoluto de todas las variables en juego. Cosas como encontrar pareja, conseguir trabajo, quedarnos “embarazados”…  no dependen estrictamente de nuestra conducta, aunque, sin duda, podremos hacer muchas cosas que nos ayuden a generar condiciones favorables y aumentar la probabilidad de conseguirlo.

2)      Diferenciemos el tipo de cambio u objetivo que nos marcamos:

  • personalidadPor un lado: Cambios que aluden a aspectos de nuestro “modo de ser” o la manera en la que habitualmente nos comportamos y que nos gustaría cambiar porque no estamos del todo satisfechos con ello. (Ej. Ser más cariñoso con mi pareja, controlar más mis enfados, ser más asertivo y defender más mis derechos…)
  • Por otro lado: Cambios que aluden a cosas u hábitos que queremos incorporar en nuestra vida, que queremos empezar a hacer, modificar la frecuencia con que lo hacemos, dejar de hacer… pero que no entendemos como parte de nuestra “personalidad”.  (Ej. Distraerse menos en el trabajo, salir más con los amigos, preparar una oposición, dejar de fumar, hacer más deporte, seguir una dieta, sacar más tiempo para leer…)

En esta entrada nos centraremos en el primer tipo de cambios. El segundo tipo de cambios ya ha sido abordado en el pasado y si os interesa, podéis encontrar pautas para ello en el siguiente post (“Cumplir nuestros objetivos es posible“)

¿Es posible cambiar aspectos de nuestra manera de ser?

PosibleCuando el cambio se refiere a algún aspecto de nuestra forma de ser: ¡Cuidado! Estamos ante una tarea complicada pero POSIBLE. Debemos tener en cuenta que muchos de nuestros comportamientos habituales y maneras de reaccionar lo son porque venimos repitiéndolos mucho tiempo en diversas situaciones. Se han consolidado y forman parte de nuestro “repertorio de conducta”, hasta el punto de que los contemplamos como parte de “nuestra personalidad” (a veces formando parte de “eso” que denominamos “defectos” y que nos encantaría cambiar). Pues bien, aunque sean reacciones y comportamientos muy arraigados y automatizados, igual que los hemos aprendido y repetido hasta hacerlos nuestros, podemos hacer cosas para modificarlos y aprender a reaccionar y actuar de otra manera alternativa.

Olvidémonos de ese tópico: “Es que yo soy así; no puedo evitarlo”… Esto no es más que una graaaan escusa… que a veces utilizamos sin intención de que lo sea, pero el hecho es que nos suele ser muy útil para no hacer ningún esfuerzo de cambio. A veces la percibimos como real (con la plena convicción de que “realmente no podemos cambiar”), pero quizá no hemos sabido hacer las cosas adecuadas para generar los cambios. Lo cierto es que el conocimiento científico sobre el comportamiento establece que el cambio es posible si se ponen en marcha ciertos procesos de aprendizaje.

soy asíSomos así mientras sigamos queriendo actuar de esa misma manera. Con esto no quiero decir que el cambio no cueste, cuidado, ¡Claro que cuesta!, pero a la pregunta ¿es posible?, la respuesta es ¡SÍ!. Ahora toca saber cómo.

Piensa que eres tú el que guía y decide sobre tu conducta, el que da órdenes a tus músculos para que actúen de una manera u otra, para decir una cosa u otra…, eres tu el que adopta una manera de interpretar las cosas u otra… No somos muñecos en las manos de otros, lo cual nos da una enorme capacidad de decisión y de acción. Pero ¿cómo ponernos en marcha para cambiar los aspectos que no nos gustan? Aquí van una serie de pasos a seguir:

1)  Conocer los desencadenantes: Detecta ante qué situaciones, estímulos o personas aparece el comportamiento que quieres cambiar. Esto te dará mucha información y es el primer paso para poder hacer algo para cambiarlo. Toma conciencia de cuando actúas así.

2)  Ejercitar el Autocontrol: Se trata de no caer en aquellas conductas que queremos cambiar (que por hábito y automatización nos resultan menos costosas) y para ello ¡cualquier estrategia vale! El objetivo es producir cambios y muchas veces la clave es poner tiempo entre los estímulos desencadenantes y la acción, para desautomatizarla y darnos tiempo a poner en marcha otra conducta alternativa. Algunas ayudas pueden ser:

  • exitContar hasta 10 antes de actuar.
  • Salir un momento de la situación antes de actuar como siempre.
  • Planificar previamente nuestra manera de actuar (que queremos hacer y decir) antes de caer en viejos hábitos.
  • Poner en marcha estrategias de relajación que nos ayuden a controlar la tensión, la emoción o el impulso del momento.
  • Puede ser de ayuda recordarnos las consecuencias negativas de actuar como siempre, o los beneficios de probar la conducta alternativa que queremos favorecer (lo bien que nos sentiremos actuando de otro modo).

3)  interpretarModificar la interpretación de los hechos: De la forma como interpretamos los acontecimientos o actuaciones de los otros depende muchas veces que reaccionemos de una manera u otra. Por ejemplo, no es lo mismo que pensemos que alguien ha hecho algo adrede para molestarnos a pensar que no se ha dado cuenta de ello y probablemente no era su intención. Por ello es importante fijarnos en cómo estamos pensando sobre las situaciones y las personas.

4) alternativasRealizar una conducta alternativa incompatible: En presencia de los desencadenantes es posible que la reacción/ comportamiento a cambiar aparezca de modo muy automático (Ej: Decir de malas maneras a nuestra pareja, hijo, compañero algo que nos ha disgustado). En esos momentos debemos hacer el esfuerzo de controlar esa conducta y llevar a cabo en su lugar una alternativa más adecuada y a ser posible, incompatible con la anterior (Ej. En lugar de responder inmediatamente con un grito, contar hasta diez y pensar lo que queremos expresar para hacerlo de una manera menos dañina, y probablemente con mejores resultados).

5)  Persistir en la repetición de la nueva manera de actuar: Al principio exige un firme control voluntario, apoyándonos en toda la secuencia descrita (no olvidemos que se trata de cambiar algo que ya está muy consolidado), pero con el tiempo y la repetición, cada vez costará menos, nos irá saliendo de manera más fácil, sin necesidad de tanto control hasta convertirse en el nuevo patrón de actuación que sustituya al anterior. Ej. Si lo que queremos es ser más atentos o cariñosos con nuestra pareja podemos proponernos darles más muestras de cariño verbal o físico durante el día a día, preguntarle en más ocasiones por temas que le importan, darle más besos o abrazos, reservar más momentos para hacer algo juntos … pero eso exige prestar atención a ello, buscar los momentos o generarlos… y no vale solo con hacerlo un día… eso sólo es el principio del cambio. ¡Las consecuencias pueden ser muy agradables para ambos!

6)  satisfacciónFelicitarse por los intentos y logros: Controlar y modificar comportamientos muy consolidados no es fácil y tu esfuerzo es digno de reconocimiento. Aunque al principio haya situaciones que se te escapen de las manos, no te desanimes ni desistas. ¡Poco a poco!.

Nos pasamos la vida aprendiendo cosas nuevas, modificando nuestras ideas sobre muchas cosas. Si nos paramos a reflexionar, probablemente no pensamos sobre muchas cosas igual que cuando éramos pequeños, del mismo modo que seguramente, tampoco afrontamos las cosas del mismo modo que hace años. Igual que de manera espontánea hemos cambiado muchos patrones de actuación y pensamiento, podemos hacer este proceso de manera voluntaria con aquellos aspectos de nuestra manera de ser que nos gustaría modificar, eliminar o incrementar.

felizPara animarte a este reto piensa en la satisfacción que te reportarán esos cambios que te planteas. Igual suponen un aumento en tu calidad de vida, una mejora en tus relaciones de pareja, familiares, laborales… o incluso una mejora que repercuta en la satisfacción de tu entorno. No podemos olvidar que nuestro comportamiento hacia otros repercute también en el comportamiento de éstos hacia nosotros, lo que implica que algunos cambios en nuestra manera de relacionarnos, pueden conllevar cambios positivos en aquellos con los que nos relacionamos.

Dicho todo esto: ¡¡Ánimo!! Nunca es tarde para proponernos cambios… y menos para hacer de verdad cosas para conseguirlos. Lo más importante es que (afortunadamente) depende de nosotros.

*Publicado originalmente el
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