Lo que hacemos repercute en nuestro cerebro

Del mismo modo que nuestros comportamientos y nuestros hábitos de vida afectan a nuestra salud física y orgánica, nuestro cerebro, como un órgano más de nuestro cuerpo, también se ve afectado por nuestros comportamientos y hábitos cotidianos. Esta repercusión de la conducta sobre el cerebro puede ser tanto en positivo como en negativo.
¿Cómo se explica que a través de la conducta se modifique el cerebro?
 El cerebro está formado por un gran conjunto de células llamadas neuronas. Las neuronas son capaces de trasmitir información entre sí en forma de impulsos eléctricos y de elementos químicos (los neurotransmisores). Pero para trasmitir información, las neuronas deben establecer conexiones unas con otras, de modo que estos impulsos eléctricos y químicos, puedan ir avanzando a través de ellas.
Cuando venimos al mundo, lo hacemos desprovistos de todo aprendizaje. Sólo disponemos de unos cuantos reflejos muy básicos (innatos, no aprendidos) a través de los cuales empezamos a conocer el mundo. Cuando nacemos las neuronas en nuestro cerebro aún están algo inmaduras y desconectadas entre sí (sobre todo las de las zonas corticales superiores, responsables de los comportamientos complejos, no reflejos). Tan sólo esas vías reflejas están maduras y es a través de esos pocos reflejos como empezamos a tener las primeras experiencias de aprendizaje. Esas experiencias de aprendizaje posibilitan que las neuronas empiecen a establecer conexiones unas con otras para posibilitar cada vez movimientos más complejos y coordinados, que responden cada vez más a las planificaciones del bebé. Más adelante se aprenderá a imitar gestos, a emitir los primeros sonidos y a articular las primeras palabras…hasta hacernos capaces de organizar frases, aprender secuencias de movimientos complejas, desarrollar razonamientos, tomar decisiones y todo el conjunto de habilidades complejas de las que los humanos hacemos gala.
Es el contacto con el ambiente lo que posibilita que el cerebro vaya teniendo forma (estableciéndose conexiones específicas en cada persona), de manera que el tipo de habilidades que aprendamos estará siempre en función del tipo de estimulación y experiencias de aprendizaje a las que hayamos estado expuestos. No obstante, del mismo modo que para aprender algo y que ese aprendizaje quede plasmado en el cerebro (a través de una serie de circuitos neuronales) hay que estar expuesto a las mencionadas experiencias de aprendizaje, para modificar o eliminar esos aprendizajes, hay que verse expuesto a experiencias de aprendizaje diferentes, dejar de practicar aquellos comportamientos aprendidos o que estos dejen de ser útiles o beneficiosos (y por tanto no merezca la pena repetirlos).
Toda conducta aprendida puede consolidarse y pasar a formar parte de nuestro repertorio comportamental y a medida que dicho comportamiento se continúe emitiendo, puede automatizarse, sobre todo cuando se trata de secuencias conductuales que siempre se realizan de la misma manera o ante los mismos estímulos. Podemos automatizar desde el modo de conducir y el montar en bici hasta la tendencia a comer rápido y el hábito de fumar un cigarrillo al terminar de comer, entre otras muchas cosas… El haber automatizado una conducta quiere decir que su emisión cuesta poco trabajo, desencadenándose de manera casi inmediata, con escasa dificultad y siempre de la misma manera cuando aparecen determinados estímulos asociados a la conducta. Esto a nivel neuronal supone que dichas conductas están representadas por circuitos neuronales que han establecido conexiones muy fuertes a base de la repetición de dichos actos de manera frecuente y siempre del mismo modo. Las conexiones neuronales fuertes favorecen que la información para la acción “viaje” rápidamente a través de esa red de neuronas cuando aparecen los estímulos convenientes, traduciéndose de manera rápida en la conducta, exigiendo poca atención y escaso coste de recursos.
 No obstante, el que una secuencia conductual, como puede ser conducir, se automatice, no quiere decir que no podamos introducir modificaciones o que no podamos volver a convertirla en un acto “consciente” (objeto de nuestra atención). Para ello sólo hay que volver a hacer el esfuerzo de reparar en lo que estamos haciendo. Por ejemplo, si vamos conduciendo y escuchando la radio, es probable que si dominamos la conducción y además conocemos el trayecto, podamos enterarnos de lo que por la radio se cuenta sin problemas. Sin embargo, si ese día nos vemos obligados a modificar nuestro trayecto, es posible que tengamos que destinar más recursos y atención al acto de conducir e incluso la radio se convierta en un distractor. Del mismo modo, cuando hemos adquirido la costumbre de fumar un cigarro después de comer, probablemente realizaremos la conducta de sacar el cigarrillo cuando llegue ese momento, y experimentaremos  ganas cuando se de esa situación y no tengamos uno a mano. Pero todo hábito y toda conducta, por muy automatizada que esté, puede ser objeto de cambio de igual modo que ha sido objeto de aprendizaje. Esto se debe a que el cerebro tiene una gran plasticidad a la hora de establecer y modificar conexiones, aunque, eso sí, cuanto más consolidada esté la conducta y mayor haya sido la repetición de la misma, más costará modificarla.
Hasta aquí se ha hecho un breve resumen de cómo se aprende y consolida una conducta y como este aprendizaje tiene un correlato neurológico a través de una serie de circuitos neuronales, en los que las neuronas estarán más o menos conectadas y más o menos activas en función del grado de repetición de dichas conductas.
¿Qué repercusiones puede tener nuestra conducta en el cerebro?
Nuestro comportamiento puede afectar al cerebro de dos maneras. Una de ellas ya la hemos visto: Cuando aprendemos algo, ese aprendizaje queda plasmado en una serie de circuitos neuronales y el tipo de conexiones que se establecen dependerán del tipo de experiencias de cada persona. De esta manera, la configuración cerebral a nivel de circuitos es específica de cada persona (al margen de las similitudes generales de la morfología cerebral). Una segunda manera de producir cambios en el cerebro es por medio de nuestros hábitos de vida y salud: el tipo de dieta, la realización de ejercicio, el consumo de tóxicos… Todos estos comportamientos pueden tener una repercusión en el funcionamiento del cerebro como órgano, tanto a nivel vascular, como a nivel de procesamiento. Por ejemplo, el consumo excesivo de ciertas sustancias como el colesterol, la sal, el alcohol o el tabaco pueden ocasionar daños vasculares que a su vez pueden derivar en ictus cerebrales y microinfartos, que pueden deteriorar el procesamiento cerebral e incluso favorecer la aparición de lesiones o demencias. Por otro lado, el consumo de tóxicos además de trastocar el procesamiento de la información como resultado de los efectos de la sustancia activa, también puede a la larga repercutir en capacidades como la memoria, la coordinación motora, la capacidad de razonamiento y planificación, el control de impulsos…
No obstante, no sólo es necesario cuidar nuestros hábitos de vida, sino también ejercitar nuestro cerebro para mantenerlo activo y en un funcionamiento óptimo, conservando esa capacidad de aprender y ejecutar, que con el tiempo puede irse deteriorando. Acabamos de ver cómo el cerebro es moldeado por nuestras experiencias de aprendizaje y cómo a través de la práctica de todo lo aprendido (tanto a nivel de comportamiento como a nivel de uso de conocimientos) los circuitos cerebrales se mantienen activos y fuertemente conectados. De la misma manera que hacemos ejercicio para mantener el cuerpo sano, una mente activa asegura la creación de conexiones neuronales, lo cual ha demostrado ser un buen paliativo para la pérdida de capacidades cognitivas con la edad o para el daño que puede producir una demencia como puede ser el Alzheimer.
Pero… ¿Qué hay que hacer para mantener el cerebro sano?
Además de cuidar nuestros hábitos de salud para que no repercutan de manera negativa en el cerebro, debemos mantenerlo activo y esto puede hacerse de una manera muy simple, pues a través de las propias actividades cotidianas e incluso a través de entretenidos ejercicios como los pasatiempos, la lectura o los juegos de razonamiento podemos contribuir a ejercitar la llamada “materia gris”.
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Acerca de Miriam Rocha Díaz

Psicóloga Colegiada: M-24220. Trabajo como psicóloga de Adultos, Adolescentes y Niños en ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid) y soy tutora del Máster en Terapia de Conducta del mismo centro. Para más información, consultar: Datos de Contacto: Teléfono ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid): 914357595 Email Profesional: rochadiaz.m@gmail.com Web ITEMA: http://www.itemadrid.net/ Más datos sobre mi: Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Terapia de Conducta en ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid). He colaborado en diferentes líneas de investigación en los Departamentos de Psicología Biológica y de la Salud y Psicología Social de la UAM.
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