Los miedos infantiles: Por qué aparecen y cómo afrontarlos

Los niños experimentan numerosos miedos durante el curso evolutivo, la mayoría de los cuales son de carácter transitorio, de intensidad leve y específicos de la edad (aparecen a ciertas edades y desaparecen de manera espontánea). A estos miedos transitorios y generalmente compartidos por la gran mayoría de los niños a determinadas edades se les llaman miedos “evolutivos”, precisamente por esa aparición característica en determinadas edades del desarrollo. En general estos miedos proporcionan al niño recursos de adaptación a variados estímulos estresantes de la vida, por lo que su aparición resulta adaptativa a pesar de lo que se pueda pensar (como explican Morris y Kratochwill, 1987).

Sin embargo, algunos miedos pueden persistir durante años o su intensidad puede tornarse elevada, causando al niño un malestar clínicamente significativo y convirtiendo lo que podría ser un miedo pasajero y normal en su desarrollo en un problema digno de intervención psicológica especializada.

¿Cuándo un miedo se convierte en un problema?

En principio el miedo es una respuesta adaptativa que nos es útil para alejarnos de posibles peligros, no obstante, esta respuesta deja de serlo y se convierte en un problema cuando aparece ante estímulos inocuos (ej. monstruos y seres imaginarios) o que aunque no sean completamente inofensivos se encuentran bajo control de la persona (ej. una araña), y cuando repercute negativamente en la vida del niño.

Por tanto, es preciso establecer una diferencia entre los miedos evolutivos, pasajeros y normales en el curso del desarrollo del niño y los miedos patológicos que pueden requerir una intervención clínica. A estos últimos se les conoce habitualmente con el nombre de “fobias” y se caracterizan por dos aspectos:

  • El miedo resulta desproporcionado: Se da ante situaciones que no justifican dicha respuesta o la respuesta es demasiado intensa en relación a los estímulos que la provocan.
  • El miedo resulta desadaptativo: Provoca gran sufrimiento al niño y repercute en su funcionamiento cotidiano, interfiriendo en los contextos en los que participa (funcionamiento en la escuela, funcionamiento en la familia, actividades de ocio y relaciones sociales…)

Cuando se unen estas dos características y el problema empieza a afectar el día a día cotidiano del niño y la familia o cuando el temor es demasiado elevado (aún sin cumplir los criterios diagnósticos de una Fobia), es adecuado intervenir en el asunto con el fin de prevenir que el problema pase a mayores e interfiera aún más en las diferentes facetas del desarrollo del niño.

¿Cómo se genera el problema?

En muchas ocasiones lo que explica que un miedo natural que podría superarse de manera espontánea perdure y se intensifique en el tiempo, viene explicado por las cosas que los padres y el propio niño comienzan a hacer. Cuando el niño desarrolla temor a algo por lo general comienza a realizar conductas encaminadas a evitar la aparición del estímulo temido o, una vez que éste aparece, trata de escapar de él o perderlo de vista. Por ejemplo, un niño que teme la oscuridad podrá retrasar el momento de irse a la cama o una vez apagada la luz podrá pedir a los padres que duerman con él, irse él a su cama, pedir que dejen la luz del cuarto encendida…y en los casos más extremos, dar muestras de tremenda angustia, sollozando y gritando para dejar patente su miedo. Por lo general, cuando los padres se encuentran en casos como estos, es difícil saber cómo actuar y ante las muestra de temor de un hijo, tratan de poner a su vez en marcha estrategias que suponen serán de ayuda para el pequeño. Lo que ocurre es que muchas veces aquello que hacen los padres creyendo así ayudar a su hijo, no siempre es lo más positivo para él, ni lo más adecuado para ayudarle a superar su temor. Acceder a las demandas del hijo, permitiéndole evitar los estímulos temidos, en lugar de un avance en la superación del miedo, constituye un avance hacia el incremento de éste, y es que, los miedos crecen cuando evitamos su afrontamiento.

¿Por qué los miedos crecen cuando evitamos afrontarlos?

La razón de que un temor persista y se incremente la encontramos en los procesos de aprendizaje que se ponen en marcha en las situaciones temidas. Cuando aparece un estimulo que nos produce miedo, dicho estímulo nos provoca una reacción fisiológica automática que ha sido asociada con dicho estímulo de manera que se repite cada vez que el estímulo temido aparece. Esta reacción puede consistir en la elevación de la tasa cardíaca y respiratoria, en la tensión de la musculatura, el aumento de la temperatura corporal y de la respuesta de sudoración… Así mismo, se puede poner en marcha una respuesta cognitiva que puede consistir en pensar acerca de la situación, el grado de peligro de la misma, nuestras posibilidades de escape… Algo frecuente por ejemplo es empezar a darle vueltas a las cosas malas que nos podrían ocurrir. Esto es típico en algunos miedos infantiles como el miedo a la oscuridad, en el que la imaginación juega un papel fundamental. Esta respuesta cognitiva contribuye así mismo a incrementar la respuesta psicofisiológica, incrementándose así el estado de nerviosismo y activación (produciéndose en los casos más severos intensas respuestas de angustia ante el estímulo temido). Un tercer componente de la respuesta de miedo es el que hace referencia a la conducta motora, es decir, lo que hacemos cuando aparece la situación o el estímulo temido o cuando prevemos su aparición. Dentro de esta categoría se encuentra las respuestas de escape o evitación que nos permiten distanciarnos o poner fin al estímulo temido (Por ejemplo si un niño teme a los perros y sabe que en el parque encontrará alguno, puede dejar de querer ir al parque, si le da miedo la oscuridad puede pedir a mamá o a papá que duerma con él o que le acompañe a entrar en las habitaciones que estén a oscuras…).

Aquello a lo que denominamos miedo es en realidad una respuesta conductual que consta de tres componentes o respuestas: a) La respuesta fisiológica, b) La respuesta cognitiva y c) La respuesta motora. El modo en que estas tres respuestas de dan en cada persona puede ser diferente, teniendo en algunos casos un mayor peso la respuesta fisiológica, en otros la cognitiva y en otros la motora, pudiendo además no siempre estar presentes los tres componentes (por ejemplo, en algunos casos la respuesta motora de evitación puede ponerse en marcha de manera muy rápida ante la aparición del estímulo temido, sin que medie necesariamente ningún pensamiento al respecto). Esta gran variabilidad interpersonal en la respuesta de miedo, no sólo relativa al tipo de reacciones sino también al tipo de estímulos temidos hace necesario que para su intervención, el psicólogo deba realizar un análisis exhaustivo (Análisis Funcional) de las características del caso, lo que permitirá diseñar una intervención completamente adaptada al caso.

¿Pero qué ocurre cuando no nos enfrentamos a los estímulos temidos? Cuando escapamos o evitamos la situación o el estímulo que provoca miedo, esa respuesta de evitación recibe un gran refuerzo porque nos evita experimentar lo desagradable de la respuesta de miedo: la activación y la preocupación que experimentamos en tales situaciones, (es decir, evita la aparición del componente fisiológico y cognitivo). Esas estrategias nos permiten no exponernos a algo que creemos que amenaza nuestro bienestar y nuestra supervivencia, por lo que cualquier acción que nos ayude a este fin tenderá a repetirse. De este modo si un niño al pedir a mamá o a papá que duerman con él porque tiene miedo consigue que éstos accedan, lo volverá a repetir y si para que éstos accedan tiene que montar una pataleta, lo volverá a hacer. Por otro lado, además de lograr evitar lo que teme, con estas estrategias obtiene otras consecuencias positivas como son las muestras de atención y cariño de los padres que intentan calmarle y le proporcionan compañía, por ejemplo.

Suele ocurrir que los padres al principio intentan calmar a sus hijos a través de explicaciones racionales que pretenden eliminar sus temores, no obstante, ante muestras de miedo crecientes por parte de sus hijos y observando que sus intentos no son efectivos, empiezan a hacer cada vez mayores concesiones como podría ser permitir que el niño duerma en la cama con ellos (si éste tiene miedo a la oscuridad). Puede que al siguiente episodio de miedo del niño, los padres traten de negarse a volver a repetir el “experimento”, oponiéndose esta vez a que duerma con ellos y tratando de convencerle de hacer el intento de dormir en su cuarto. Tras ello pueden observar con dolor las muestras de angustia del niño, que se niega a dormir sólo. Ante una muestra de miedo así es difícil para los padres no acceder a dormir en el cuarto del niño, a dejar que el niño se meta en la cama con ellos, a dejarle dormir con la luz encendida o cualquier otra solución. De esta manera, tanto el niño como los padres finalmente se quedan tranquilos y ambos ponen fin así a lo que de otro modo hubiera sido una noche “toledana” para todos.

El proceso anterior explica cómo una respuesta de temor que se ha podido asociar con una determinada situación  (como la oscuridad) o con un determinado estímulo (como un animal), puede mantenerse a base de evitar el afrontamiento de la misma. Esa evitación del afrontamiento, permite que el carácter negativo asociado a la situación o estímulo temido se mantenga e incluso se intensifique, favoreciendo que el niño se sensibilice cada vez más ante los objetos de su temor, haciéndose cada vez más acuciante la necesidad de evitarlos, pues no se dispone de estrategias para hacer frente a esos miedos (debemos tener en cuenta que aquí los padres juegan un papel fundamental pues a través de lo que ellos hacen pueden facilitar el que el niño no desarrolle sus propios recursos de afrontamiento).

¿Cómo se superan los miedos?

Hemos visto cómo los miedos pueden mantenerse e incrementarse en función de lo que hacemos, pero de igual modo, a través de lo que hacemos también podemos contribuir a eliminarlos. La clave está en exponerse a los miedos para así poder superarlos. En este sentido, las conductas de afrontamiento tendrían el efecto opuesto a las de evitación; mientras que estas últimas agravan el problema, las primeras ayudan a irlo superando de manera progresiva. Esto se explica porque cuando nosotros nos exponemos a una situación o estímulo temido, damos la posibilidad de que se pongan en marcha procesos de aprendizaje que resultarían opuestos a los que intervienen en el mantenimiento y la intensificación del miedo, rompiéndose así la asociación entre los objetos de temor y las respuestas de miedo que generan (lo que se denomina proceso de “Extinción” de la asociación entre en estímulo y la respuesta). Una vez rota dicha asociación, cuando aparezca el estímulo temido o nos encontremos en la situación previamente temida, ya no experimentaremos esa respuesta fisiológica, cognitiva y motora que antes provocaba. Es decir, ya no nos alteraremos, no empezaremos a preocuparnos al respecto y no trataremos de huir o evitar la situación.

No obstante la superación del problema no es algo que suceda de la noche a la mañana sino que hay que realizar un proceso de exposición, por lo general gradual, a los estímulos y situaciones temidas, de manera que podamos experimentarlas durante el tiempo suficiente para comprobar que aquello que temíamos no ocurre y dar la posibilidad de que nuestra respuesta automática de ansiedad vaya reduciéndose progresivamente. Esa reducción de la ansiedad en presencia de los estímulos temidos y esa comprobación de que no ocurre aquello que temíamos será lo que romperá la asociación “estímulo temido” à “respuesta de miedo”, recuperando dichos estímulos un valor neutro.

Para entender mejor todo ello no hay más que buscar en nuestra propia historia de aprendizaje. Seguro que vosotros mismos recordáis cosas o situaciones que en algún momento os provocaron miedo y que actualmente no os lo provocan. Seguro que también recordáis cosas que temíais hasta que un buen día las experimentasteis y las perdisteis el miedo. En todas estas situaciones se habrán puesto en marcha de manera espontánea los procesos de aprendizaje a los que hemos aludido.

Volviendo al problema de los miedos infantiles los padres juegan un papel importante a la hora de ayudar a sus hijos superar los miedos. La clave está en no reforzar ni mantener la evitación por parte de sus hijos de aquello que estos temen, pues ello sólo contribuirá a agravar el problema. Por el contrario deben ayudarles a enfrentarse a esas situaciones de manera progresiva para que el temor se vaya reduciendo al tiempo que van adquiriendo habilidades de afrontamiento. Cuando este tipo de problemas se tratan en la consulta del psicólogo, éste suele dar instrucciones a los padres para que procedan de una manera determinada con el niño y realicen una serie de tareas de exposición que ayudarán al pequeño a superar el problema.

 

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Acerca de Miriam Rocha Díaz

Psicóloga Colegiada: M-24220. Trabajo como psicóloga de Adultos, Adolescentes y Niños en ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid) y soy tutora del Máster en Terapia de Conducta del mismo centro. Para más información, consultar: Datos de Contacto: Teléfono ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid): 914357595 Email Profesional: rochadiaz.m@gmail.com Web ITEMA: http://www.itemadrid.net/ Más datos sobre mi: Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Terapia de Conducta en ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid). He colaborado en diferentes líneas de investigación en los Departamentos de Psicología Biológica y de la Salud y Psicología Social de la UAM.
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