Miedo a la oscuridad: ¿Qué pueden hacer los padres?

El miedo a la oscuridad es uno de los problemas más frecuentes en la infancia. Casi todos los niños han pasado durante su desarrollo por alguna fase en que la oscuridad ha sido objeto de temor (entrar en habitaciones a oscuras, circular por la casa cuando está poco iluminada, dormir solo…). No obstante, la intensidad de este temor y la duración del mismo en el tiempo puede variar mucho de un niño a otro. Factores como la intensidad del temor, la duración del mismo y el grado de alteración que provoque dicho miedo en el funcionamiento y las rutinas cotidianas del niño serán los que diferencien un temor leve y pasajero de un problema comportamental más intenso (frecuentemente denominado Fobia).

El miedo a la oscuridad puede generarse de diversas maneras: a través de una experiencia directa negativa en situaciones de oscuridad (por ejemplo haberse llevado un susto estando a oscuras), a través de aprendizaje simbólico (escuchando las historias que otras personas cuentan sobre la oscuridad) o a través de aprendizaje observacional (viendo lo que a otras personas les ocurre en la oscuridad, por ejemplo en una película). A través de todas estas experiencias de aprendizaje directas e indirectas se puede producir una asociación entre la oscuridad (y la noche) con la posible ocurrencia de cosas negativas. A esta asociación contribuye el hecho de que por las noches algunos niños experimentan pesadillas, que si bien son algo bastante frecuente durante la infancia, no dejan de generar una intensa activación y reacciones de sobresalto en los niños. En estas pesadillas suelen aparecer monstruos o personajes malos y suelen acontecer hechos negativos, que si bien un adulto puede relativizar y no otorgar ninguna importancia ni viso de realidad, un niño no es capaz de establecer esta diferencia (para los niños de corta edad los monstruos y seres fantásticos tienen una existencia real). Por otro lado las películas, los medios de comunicación, las historias de miedo y los propios cuentos populares asocian la noche con la ocurrencia de toda clase de acontecimientos negativos y peligrosos (robos, secuestros, agresiones…).

Todos estos ingredientes favorecen que la noche y la oscuridad puedan convertirse en un momento especialmente temido para el niño, que tratará de poner en marcha estrategias para reducir este temor o para evitar el afrontamiento de los momentos de oscuridad. Algunas de estas estrategias pueden ser: retrasar el momento de irse a la cama remoloneando, pidiendo más tiempo para ver la tele o diciendo no estar cansado, pedir a alguno de los padres que le acompañe por los lugares oscuros, ir encendiendo todas las luces de la casa, pedir dormir con la luz de la habitación o del pasillo encendida, pedir a alguno de los padres que duerma con él o que le dejen meterse en su cama… Las estrategias y soluciones que el niño encuentra para no afrontar la situación temida son muy diversas y no todas igual de disfuncionales. Cuanto más se evite la situación temida con la estrategia elegida y cuanto menor sea el grado de afrontamiento por parte del niño, por lo general, peor será la evolución del problema puesto que mayor será la sensibilización del niño con esas situaciones temidas y menor será el desarrollo de estrategias para hacerle frente, comprobando que no ocurre aquello que teme. (Puede verse algo más sobre el desarrollo de los miedos en una entrada anterior: “Los miedos infantiles”).

El proceso de sensibilización con la situación temida tiene lugar porque a base de escapar de ella sin comprobar que no ocurre aquello que se teme, la asociación de la misma con la respuesta de miedo que produce se va intensificando acuciándose cada vez más la necesidad de evitarla y de prevenir su aparición. Además para que este proceso de aprendizaje del miedo se produzca ni siquiera hace falta tener una mala experiencia directa en situación de oscuridad, basta con que el niño imagine los peligros que le podrían acechar en tales circunstancias para que la respuesta de miedo aparezca, afianzándose de esta manera la asociación entre la “oscuridad” y la “respuesta de miedo”, obligando al niño a recurrir a estrategias de evitación.

El miedo es una respuesta que se adquiere y se mantiene en función de unos principios de aprendizaje básicos: Las estrategias que permiten la evitación y el escape de la situación temida serán reforzadas por las consecuencias positivas que conllevan (permiten al niño no experimentar el miedo en muchos casos además le procuran la atención de otras personas), y por tanto mantenidas en el tiempo, manteniéndose así mismo el problema. No obstante, la respuesta de miedo puede ser también reducida y eliminada si se ponen en juego otros procesos de aprendizaje opuestos a los que mantienen el miedo. Estos procesos se ponen en marcha cuando se produce una exposición lo suficientemente prolongada al estímulo temido que permite comprobar al niño que no ocurre aquello que teme al tiempo que su ansiedad ante la situación va progresivamente reduciéndose. Esta nueva experiencia permite que poco a poco la oscuridad, que había sido asociada con la posible ocurrencia de sucesos negativos, deje de asociarse a los mismos, pues el niño empieza a comprobar que aquello que pensaba que ocurriría no es cierto.

¿Qué pueden hacer los padres para ayudar a sus hijos a superar el miedo a la oscuridad?

Según lo que hemos visto, para superar el miedo a la oscuridad el niño debe irse poco a poco enfrentando a situaciones de oscuridad progresivamente más temidas para finalmente llegar a lograr dormir solo y sin ayudas. Los psicólogos disponemos de procedimientos que facilitan la intervención en este y otro tipo de miedos, pero para que la intervención tenga realmente buenos resultados será imprescindible la colaboración de los padres, ya que serán ellos los que estén con el niño en las situaciones temidas.

Recientemente investigadores de la Universidad de Murcia y de la Miguel Hernández  (Elche), bajo la dirección de Mireia Orgilés, han realizado un estudio para contrastar la eficacia de un protocolo de intervención para este tipo de fobias, llamado Escenificaciones Emotivas”, que se basa en la combinación de tareas de exposición gradual a la oscuridad con actividades de juego. Esta técnica ya lleva años mostrando su eficacia en el abordaje de este tipo de problemáticas y una vez más los resultados la avalan.

Como explican estos psicólogos e investigadores, el tratamiento psicológico del miedo a la oscuridad se lleva a cabo en casa, por ser éste el lugar donde generalmente ocurre el problema, y es imprescindible la colaboración de los padres, pues serán estos los que ayuden al niño/a a exponerse progresivamente a situaciones de mayor oscuridad combinándolas con actividades lúdicas. De esta manera, el niño se enfrentará a aquello que teme como si fuera un juego. Ello permite poner en marcha un proceso de aprendizaje llamado Contracondicionamiento, que explica que si ante un estímulo que previamente elicitaba una respuesta de temor se trata de poner en marcha una respuesta opuesta o incompatible (como sería el juego, la diversión, la risa), dicho estímulo o situación perderá la asociación previa con la respuesta de miedo (dejando de provocar dicha respuesta) y retomará para el niño un valor neutro/positivo (por esa asociación con una respuesta opuesta).

La jerarquía de aproximaciones graduales y las instrucciones sobre cómo proceder, le serán explicadas por el psicólogo a los padres y serán específicas para cada caso en función de las situaciones temidas por el niño y la intensidad de su respuesta de miedo. Así mismo el psicólogo explicará qué actividades y juegos deben realizar los padres con el niño en las situaciones de oscuridad y cuanto deben durar (pues se deben prolongar un tiempo suficiente como para que el niño se encuentre tranquilo en la situación). También se explica a los padres cómo proceder si el niño tiene miedo o se niega a jugar. En tales casos puede ser necesario volver a una situación previa de la jerarquía y realizar un avance más lento a través de la misma. Es muy importante que los padres se muestren de cara al niño como modelos de conducta valiente, sin dar muestras de posibles temores y que cada avance del niño, cada situación superada y cada muestra de valentía sea muy reforzada por los padres a través de felicitaciones verbales. En ocasiones la intervención puede asociarse también a premios (Economía de Fichas), de modo que cada situación superada sea premiada con un punto o ficha que podrá ser canjeada en un momento posterior por un premio. Este procedimiento puede funcionar como una variable motivadora a la hora de que el niño se implique en la intervención y en el afrontamiento de algo a lo que teme.

Como explica Orgilés es también importante seguir unas rutinas a la hora de acostar al niño y que éstas se lleven a cabo de manera similar todas las noches. Esto facilitará que el niño se acostumbre a ciertas regularidades y evitará intentos de evitación en el momento de ir a la cama (ej. pedir a los padres quedarse un rato más, que el momento de dormir se convierta en un conflicto y una lucha). El niño acabará aprendiendo que a cierta hora debe por ejemplo ponerse el pijama y lavarse los dientes, y que a cierta hora la TV se ha acabado y llega el momento de irse a dormir. Una vez en la cama los padres pueden despedirse del niño dándole la seguridad de que ellos están en la casa y él estará seguro. En caso de que se produzca un despertar y el niño les reclame por la noche o acuda a su cuarto, es importante que no se acceda a peticiones como la de dormir con él o permitirle meterse en la cama de matrimonio. En esos casos lo adecuado es acompañarle a la cama, volverle a acostar y despedirse de él volviéndole a tranquilizar y mejor si todo este ritual se lleva a cabo en la oscuridad. Igualmente si el niño llama, no encenderemos la luz, sino que le tranquilizaremos en la oscuridad.

El procedimiento de “Escenificaciones Emotivas” es una técnica psicológica que busca a través de la exposición a las situaciones temidas y la asociación de la misma con el juego y actividades lúdicas, el Contracondicionamiento de las situaciones temidas (hacer que dichas situaciones dejen de provocar miedo) y la extinción de la respuesta de temor (que dicha respuesta se reduzca progresivamente hasta desaparecer). El protocolo usual es que los padres comiencen leyendo al niño una historia en la que el personaje principal tenga el mismo temor que él pero se vaya exponiendo poco a poco y con éxito a las situaciones temidas, al mismo tiempo que el propio niño va realizando también actividades y juegos en situaciones de oscuridad en el marco de la historia que se le está narrando. El héroe ficticio y los propios padres actúan como modelos de comportamiento valiente y en el caso del personaje ficticio, dicho modelado es aún más efectivo porque se le hace coincidir en edad y en características al niño (puede utilizarse uno de sus ídolos) y va haciendo un modelado de afrontamiento en el que las situaciones de oscuridad van siendo superadas progresivamente, solventándose las dificultades, de modo que el niño pueda verse bien representado. Cada paso en la jerarquía irá seguido de una ficha que podrá ser acumulada y sumada a otras para conseguir premios que para el niño resulten gratificantes y motivadores.

El equipo de investigadores ha verificado la eficacia de este procedimiento en diversas poblaciones de niños con diferentes tipos de miedos, mostrándose altamente eficaz. En el último estudio utilizó a 32 menores de entre cinco y ocho años, escogidos de 16 colegios de las provincias de Alicante y Murcia, que previamente habían obtenido puntuaciones elevadas en un cuestionario de evaluación del miedo a la oscuridad. Una vez comenzada la intervención se tuvo ocho reuniones con periodicidad semanal de entrenamiento con los padres, de 60 ó 90 minutos de duración. En estas reuniones se explicó a los padres los factores que participan en la adquisición y el mantenimiento del miedo, así como el modo de proceder para ayudar a sus hijos a superar sus miedos en casa.

Al finaliza la intervención los niños dejaron de manifestar temor a permanecer a oscuras y lograron dormir sin requerir la presencia de sus padres durante la noche en un 95% de los casos, según muestran los resultados del estudio y se ha obtenido un éxito similar cuando lo han aplicado a otros tipos de miedos infantiles, así como en aquellos casos en los que no se cumplen los criterios para denominarlo “Fobia” pero sí se trata de un miedo elevado y que resulta disfuncional para el funcionamiento del niño y la familia.

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Acerca de Miriam Rocha Díaz

Psicóloga Colegiada: M-24220. Trabajo como psicóloga de Adultos, Adolescentes y Niños en ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid) y soy tutora del Máster en Terapia de Conducta del mismo centro. Para más información, consultar: Datos de Contacto: Teléfono ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid): 914357595 Email Profesional: rochadiaz.m@gmail.com Web ITEMA: http://www.itemadrid.net/ Más datos sobre mi: Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Terapia de Conducta en ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid). He colaborado en diferentes líneas de investigación en los Departamentos de Psicología Biológica y de la Salud y Psicología Social de la UAM.
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