El miedo al miedo

He tenido la oportunidad de leer un artículo que me ha parecido muy interesante y merecedor de una reflexión que me gustaría compartir con vosotros a continuación. Se titula “Traficando con el miedo en el Siglo XXI” y está firmado por José Guillermo Fouce Fernández (Doctor en Psicología, profesor en la Universidad Carlos III y  Pontificia de Comillas y presidente de Psicólogos Sin Fronteras Madrid) y D. Luis Muíño (Divulgador y psicoterapeuta). Lo podéis consultar en el link final.

En el artículo los autores comentan cómo el miedo está cada vez más presente en la sociedad en la que vivimos, tanto como emoción que provoca repercusiones en nuestra forma de afrontar los diversos acontecimientos del día a día, como en la forma de estrategia de manipulación al servicio de todo aquel que quiera apelar al miedo como vía para dar más calado a sus mensajes o lograr sus fines (tanto los medios de comunicación, como los políticos, como los hijos hacia sus padres, como un miembro de la pareja hacia el otro…).

Desde la perspectiva del miedo como emoción, cuando experimentamos miedo (una de las emociones primarias que ha sido de gran utilidad en la historia evolutiva por su valor adaptativo), dicha emoción tiene un efecto directo en el modo en que afrontamos las situaciones temidas, favoreciendo que se pongan en marcha conductas de escape o evitación de aquello que tememos o por el contrario, respuestas encaminadas a la lucha o al afrontamiento (cuando la situación lo precisa). Por lo general, lo temido suele ser todo aquello que nos parece incierto y por tanto ajeno a nuestro control o todo aquello que puede amenazar directamente nuestro bienestar psicológico o nuestra supervivencia física. Para nuestros antepasados (y para nosotros mismos) el miedo ha sido una respuesta con enorme valor adaptativo en determinadas situaciones por permitir poner en marcha cambios psicofisiológicos que facilitaban la huída o la lucha, ya mencionadas. El que se produzca un aumento de la frecuencia cardíaca o de la tasa respiratoria, el que los músculos se tensen y se preparen para ejecutar, el que la atención se torne selectiva hacia el estímulo amenazante, el que aumente la transpiración corporal con el fin de refrigerar el calor generado por la activación, son, entre otros, cambios corporales dirigidos a la “acción” y al afrontamiento físico del peligro.

A lo largo de la evolución los estímulos amenazantes han ido variando, pasando de ser amenazas más físicas (que afectan la supervivencia) a convertirse en amenazas más psicológicas (que afectan al grado de bienestar) y por variar de cuestiones más específicas (una enfermedad, el hambre, una guerra, una infección) a cuestiones más inespecíficas (las consecuencias impredecibles de una crisis económica, la preocupación por la posible evolución de un cáncer o por mantener o no un puesto de trabajo, tomar una buena decisión sobre a qué colegio llevar a los hijos o cuál es el piso que más nos conviene comprar…).

En una sociedad evolucionada como es la sociedad occidental, donde las necesidades básicas se encuentran cubiertas, los miedos se trasladan cada vez más a cuestiones que antes eran impensables, pues ya no tenemos que preocuparnos por aspectos que antes sí eran objeto de preocupación como el poder alimentarse, el no morir de una infección, el que un hijo y su madre no mueran durante el parto… Para ilustrar esto no tienen desperdicio las palabras del escritor Eduardo Galeano, quien afirma que vivimos en la sociedad del miedo y dice: «Los que trabajan tienen miedo a perder el trabajo. Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. Quien no tiene miedo al hambre tiene miedo a la comida. Los automovilistas tie­nen miedo de andar y los peatones a ser atropellados. La democracia tiene miedo a recordar y el lenguaje tiene miedo a decir. Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerras. Es tiempo de mie­do. Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo. Miedo a los ladrones y miedo a la policía. Miedo a la puerta sin valla, al tiem­po sin relojes, al niño sin televisor. Miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar. Miedo a la multitud, miedo a la soledad por aquello que uno ha sido. Miedo a morir, miedo a vivir». Parece que hoy por hoy, si alguien no tiene miedo a algo, debe buscarlo.

El estado de bienestar ha contribuido a generar una sociedad en la que ese bienestar es el objetivo principal a lograr, lo cual no es en sí mismo negativo, pero sí lo es cuando convierte a la persona en incapaz de tolerar cualquier cosa que altere mínimamente ese estado de bienestar que tanto valoramos. El peso excesivo que se le da a la felicidad y al “estar bien”, dificulta que toleremos cualquier malestar, contratiempo o incertidumbre que amenace nuestras vidas, porque se nos está enseñando que todo aquello que se salga de esa “norma” o “prototipo” de bienestar y felicidad es negativo e indeseable, y por tanto, algo de lo que debemos mantenernos ajenos y alejados. Por ello, cuando nuestro contexto nos expone a situaciones o estímulos negativos (problemas laborales, problemas con los hijos, problemas económicos, sentirse solo, sentirse triste, no poder dormir…) nos encontramos incapaces de tolerarlo y buscar estrategias para sobreponernos a ello, entendiendo que lo negativo también forma una parte natural de la vida y que también son periodos por los que debemos pasar, sin que ello nos disuada de seguir tratando de hacer nuestra vida más agradable, saludable, placentera, feliz… y en definitiva, de mayor calidad (algo que es un objetivo que sin duda debemos tratar de alcanzar).

La idea fundamental es que el logro de una vida de calidad no es incompatible con desarrollar estrategias para afrontar los momentos difíciles que sin duda nos presentará la vida, entendiendo que pasar por etapas malas es inevitable y además, algo ajeno a nuestro control. Es más, si aprendemos a sobrellevar y superar los malos momentos, aumentaremos la probabilidad de percibir nuestras circunstancias vitales de manera más positiva. El problema es que inmersos y acomodados en este estado del bienestar en el que lo negativo parece haber sido excluido como parte natural de la vida del hombre, el miedo se convierte en una emoción de gran prevalencia en el momento en el que aparecen en nuestras vidas cualquier amenaza. La sociedad del bienestar nos ha aportado muchas mejoras, pero al mismo tiempo ha favorecido el no aprendizaje de muchas estrategias de afrontamiento y tolerancia del malestar, propiciando así estrategias de evitación y escape, en lugar de estrategias de lucha y afrontamiento.

Cuando algo malo nos acecha, el miedo tiende a paralizarnos. Queremos respuestas y soluciones inmediatas para aquellos males e incertidumbres que no sabemos tolerar. Si nos sentimos tristes queremos una pastilla que elimine nuestra tristeza, si no podemos dormir, queremos el fármaco que nos duerma sin esfuerzos…

Por otro lado, desde la perspectiva del miedo como estrategia de manipulación, lo que nos encontramos es que desde el pasado, la táctica de provocar miedo, ya sea a una persona concreta (un hijo, un padre, un trabajador, una pareja sentimental…), como a toda una masa o conjunto de personas (como puede ser una clase escolar, un grupo de trabajadores, el gobierno de un país, un medio de comunicación…), ha resultado de gran utilidad para lograr los fines de la persona o personas que hacían uso de la misma. Ejemplos de ellos los podemos encontrar en el texto aludido al principio (la guerra de Irak fue iniciada por el miedo al uso de unas supuestas armas de destrucción masiva, el exterminio judío por parte de los nacis surgió en respuesta del miedo de los segundos respecto a la prosperidad de los primeros…). El generar miedos e incertidumbres en las personas se convierte en una técnica muchas veces útil para lograr ciertos fines, precisamente porque al generar miedo, generamos también en muchas ocasiones respuestas de bloqueo e incertidumbre respecto a la actuación, así como respuestas de escape y evitación. Cuando no sabernos qué hacer, es más fácil dejarnos llevar por lo que dicen otros y depositar nuestra confianza en sus manos, dejando que ellos decidan y actúen por nosotros. La estrategia de generar temor nos sitúa además en una diferencia de poder con respecto al objeto/persona temida, y por ello ha sido para muchos tan útil recurrir a ella, a lo largo de la historia y en el día a día cotidiano.

Puede leerse otras interesantes reflexiones sobre este tema en el blog de Marina González Biber (Vivir con miedo) y en el artículo original de los autores citados (Traficando con el miedo en el Siglo XXI).

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Acerca de Miriam Rocha Díaz

Psicóloga Colegiada: M-24220. Trabajo como psicóloga de Adultos, Adolescentes y Niños en ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid) y soy tutora del Máster en Terapia de Conducta del mismo centro. Para más información, consultar: Datos de Contacto: Teléfono ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid): 914357595 Email Profesional: rochadiaz.m@gmail.com Web ITEMA: http://www.itemadrid.net/ Más datos sobre mi: Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Terapia de Conducta en ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid). He colaborado en diferentes líneas de investigación en los Departamentos de Psicología Biológica y de la Salud y Psicología Social de la UAM.
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2 respuestas a El miedo al miedo

  1. Ana Encinas dijo:

    Me parece muy interesante este artículo .Estoy de acuerdo en la dificultad que tenemos para afrontar cualquier frustración y para adaptarnos a cualquier cambio .Intentamos evitar esa situación incómoda , somos incapaces de sostener el dolor y lo único que generamos es sufrimiento .
    Después ese sufrimiento lo sentimos en el cuerpo y tambien lo intentamos anestesiar con fármacos , con lo que llegaremos a ser zombies fácilmente manipulables .

  2. Pingback: Bienestar… a toda costa | Miriam Rocha Díaz

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