El pensamiento positivo: ¿Por qué funciona?

Llamamos optimistas a aquellas personas que tienden a pensar en positivo sean cuales sean las circunstancias. Esta actitud o estilo de pensamiento no es algo con lo que se nazca, sino un hábito o patrón de pensamiento (una actitud ante la vida) que se aprende, y en su aprendizaje influyen varios factores: el modelado que realizan los padres, profesores y otras figuras de influencia, como los iguales; variables del contexto socio-económico-cultural; las circunstancias vitales que tenemos que afrontar; las diversas experiencias por las que vamos pasando y los resultados que obtenemos de nuestro afrontamiento… Todos estos aspectos ponen un “granito de arena” en la confección de nuestro estilo de pensamiento (la tendencia o el modo que tenemos de explicarnos o interpretar las cosas).

Aquello que es posible aprender, también puede ser modificado, por lo que una persona que ha desarrollado una tendencia de pensamiento negativa (bien porque es lo que ha aprendido de sus padres o de su entorno cercano, o bien porque ha tenido que enfrentarse a muchas experiencias negativas y de fracaso que han ido generando y fortaleciendo esa actitud…), puede modificarla y “aprender” en su lugar, a pensar de otra manera más positiva o realista y a afrontar la vida con otra actitud. El cambio es posible, aunque en algunas ocasiones es más difícil que en otras y exige siempre un esfuerzo activo por parte de la persona. Todo depende del empeño de la persona y del grado de consolidación que tenga el hábito de pensamiento negativo, o ciertas ideas irracionales.

Es importante entender que el modo en que pensamos e interpretamos las cosas, influye directamente en cómo nos sentimos y en cómo actuamos. De manera que, cuando las cosas son interpretadas en negativo o de una manera distorsionada respecto a lo que es la realidad (cometiendo errores como la sobregeneralización, culpabilización, fijación exclusiva en lo negativo, maximización de lo negativo y minimización de lo positivo, pensamientos en términos dicotómicos y poco flexibles…), además de sentirnos mal, nuestro talante y disposición a la hora de afrontar esa situación también se verá afectada.

Si tras una experiencia de fracaso nos decimos “todo me sale mal”, es probable que no tengamos ganas de volver a intentarlo, porque… ¿Para qué hacer el esfuerzo si consideramos que todo “siempre” nos sale mal? De esta manera es bastante difícil que podamos tener una experiencia de éxito que contribuya a refutar esa manera negativa de pensar y que permita que, poco a poco, esa idea se vaya modificando al obtener información contradictoria. Por el contrario, si tras esa misma experiencia negativa nos decimos “La próxima vez irá mejor”, es probable que nos pongamos a intentarlo con más empeño. Con lo cual, se hace más probable que consigamos una experiencia exitosa que vaya modificando nuestra creencia previa.

Esto también funciona de igual modo para la forma que tenemos de describirnos a nosotros mismos, de manera que si nos describimos en términos negativos: “No gusto a nadie porque soy feo/fea”, “Nada se me da bien”, “La gente va a pensar que soy tonto/a”… es probable que nos sintamos bastante mal; por el contrario, si hacemos una descripción más ajustada y realista, sin recurrir a términos absolutistas (“nadie”, “todos”, “siempre”, “nunca”) o sacar inferencias sin fundamento, nuestro estado anímico no se verá tan afectado, y como resultado, la denominada “Autoestima”, será más positiva.

¿Por qué funciona el Pensamiento Positivo?

Como hemos visto, nuestros pensamientos e interpretaciones sobre las cosas influye en nuestro estado anímico y en las acciones que emprendemos. Esa es la razón por la que se dice que pensar en positivo es mejor que pensar en negativo, pero esta idea puede no ser del todo cierta así expresada. El pensamiento positivo también puede estar distorsionado o resultar irreal e inadecuado si éste no se corresponde con la realidad. Por tanto, lo adecuado no es tratar de pensar siempre en positivo, adoptando un exagerado optimismo, sino que lo más saludable y beneficioso para nuestro bienestar personal, es desarrollar un estilo de pensamiento lo más flexible, estable y ajustado a la realidad posible; lo que no deja de lado el optimismo, pero sí al optimismo excesivo e injustificado, que puede ser tan inadecuado e irracional como pensar siempre en negativo. Tan inadecuado es pasarse de negativo como de positivo. En el término medio siempre se encuentra la virtud.

¿Cómo se aprende el estilo de pensamiento?

Hemos apuntado que son muchos los factores que contribuyen a conformar nuestro estilo de pensamiento. Uno de los más importantes es la influencia que realizan los padres como modelos de conducta para sus hijos desde que estos son muy pequeños.

Los padres a través de lo que ellos dicen o hacen (el modo en que éstos se explican las cosas que ocurren y adoptan o no iniciativas para afrontar los hechos), pueden favorecer en sus hijos la adquisición de ciertas ideas, ciertos modos de pensar sobre las cosas y ciertas tendencias de actuación. Esta influencia es además mayor cuanto más pequeños son los hijos, pues a medida que estos crecen, van teniendo acceso a nuevas influencias, en tanto que participan en otros contextos (el cole, la pandilla de iguales, diversos grupos…) y la influencia de los padres pierde peso. Todas estas influencias pueden contribuir a fortalecer las tendencias de pensamiento y actuación previamente aprendidas o a modificarlas.

No podemos olvidar que una de las fuentes más importantes de aprendizaje es a través de lo que vemos y oímos de otros, y no sólo a través de nuestra experiencia directa. Un padre que focaliza la atención de su hijo en las desgracias de la vida, se centra en los fracasos y destaca siempre lo negativo, favorecerá que su hijo, ya desde pequeño preste mayor atención a lo negativo y tienda a explicarse el mundo desde ese punto de vista. Por el contrario, un padre que anima a su hijo a sacar la parte positiva, a ver los puntos malos de algo pero sin dejar de ver los aspectos positivos, a tratar de poner en marcha soluciones ante la adversidad… favorecerá que su hijo aprenda este talante ante la vida y lo replique.

Varias investigaciones han demostrado cómo desde ya muy pequeños, los niños son capaces de comprender los diferentes efectos que se derivan del modo positivo o negativo de interpretar las cosas. Un estudio publicado en ‘Journal Child Development’ en el que participaban 90 niños (entre cinco y 10 años) obtenía que los niños, a partir de 5 años ya eran capaces de distinguir que las personas con pensamiento positivo se sienten mejor que aquellas con ideas más negativas. Según se aumenta en edad (entre los 5 y 10 años) va aumentando también la conciencia sobre cómo las verbalizaciones internas tienen capacidad para influir en los estados de ánimo, con independencia de que la situación sea objetivamente negativa o no.

En la investigación, los niños escuchaban seis historias ilustradas en las cuales los personajes afrontaban una experiencia positiva, negativa o neutra, experimentando cierta emoción. Cada personaje mostraba un pensamiento optimista o derrotista y los niños debían explicar a qué se debía el estado emocional de cada personaje. Los resultados demostraban que desde pequeños los niños captaban las diferencias en el estado emocional y eran capaces de comprender que dichas diferencias se debían al modo diferente de interpretar los hechos, independientemente de la situación. Se daban cuenta que aunque el evento fuera negativo, si la persona adoptaba una perspectiva positiva, se sentía mejor que si pensaba en términos negativos.

Christi Bamford, una de las psicólogas responsables del estudio, ha explicado que los principales factores para la comprensión del efecto del pensamiento en el estado anímico es, además de la edad cronológica, el efecto de los padres como modelos de conducta. En este sentido, los padres pueden ayudar a sus hijos a ser más felices y promover un mejor ajuste y adecuación emocional si les enseñan modos adecuados de interpretar los hechos y de afrontar los mismos. Es importante enseñar a los hijos que las cosas negativas forman parte de la vida, pero sin trasmitirles desesperanza ni derrotismo y sin hacerles ver que ellos no pueden hacer nada al respecto. Es importante que los niños aprendan a sobreponerse ante la adversidad, y sobre todo a encontrar la parte buena de las cosas, pues por muy negativas que sean las cosas (y en ocasiones lo son, pues esto también forma parte de la vida y hay que saber aceptarlo), el focalizarse en lo negativo, no va a ayudar a nada más que a sentirnos peor y a inmovilizarnos.

Cómo cambiar el estilo de pensamiento en terapia

Ya sabemos que la forma de pensar es susceptible de cambio, aunque a veces éste sea costoso. Para ello existen numerosas técnicas psicológicas que ayudan a la persona a producir esas modificaciones, pues al fin y al cabo, el cambio de estilo de pensamiento no es más que un cambio de hábito. Igual que nos habituamos a otras cosas, también nos podemos habituar a pensar de cierta manera, y eso se puede cambiar.

No voy a entrar aquí a explicar los diversos procedimientos, pero lo que sí es importante saber es que, como todo cambio en la conducta, para que una nueva manera de pensar y de interpretar los hechos se consolide, necesita mucha práctica. Al principio las viejas tendencias reaparecerán una y otra vez, pues es a lo que estamos acostumbrados, pero poco a poco, las nuevas verbalizaciones o pensamientos sustituirán a los anteriores y se convertirán en la nueva forma habitual de pensar. Este es el mismo proceso que se ha producido de manera espontánea con muchos de nuestros pensamientos, o es que ¿acaso llevamos pensando de igual manera toda la vida? Seguro que todos podemos recordar cómo nuestra visión de algo se ha ido modificando. Pues bien, este mismo proceso que puede darse espontáneamente, también puede diseñarse para que ocurra de manera voluntaria. Muchas veces los psicólogos tenemos que ayudar precisamente a ello, para ayudar a mejorar el estado anímico de una persona y su ajuste al entorno.

Cuando la interpretación del mundo es distorsionada o dañina y causa malestar o problemas a la persona, es necesario un cambio. Cuando los cambios empiezan a llegar, por lo general la persona se encuentra mucho mejor, lo que ayuda a que el nuevo estilo de pensamiento se consolide.

Artículo relacionado:

Puede leerse más sobre este tema en el artículo de Marina González Biber: http://marinagbiber.wordpress.com/2011/11/18/mas-realismo-y-menos-positivismo/

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Acerca de Miriam Rocha Díaz

Psicóloga Colegiada: M-24220. Trabajo como psicóloga de Adultos, Adolescentes y Niños en ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid) y soy tutora del Máster en Terapia de Conducta del mismo centro. Para más información, consultar: Datos de Contacto: Teléfono ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid): 914357595 Email Profesional: rochadiaz.m@gmail.com Web ITEMA: http://www.itemadrid.net/ Más datos sobre mi: Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Terapia de Conducta en ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid). He colaborado en diferentes líneas de investigación en los Departamentos de Psicología Biológica y de la Salud y Psicología Social de la UAM.
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2 respuestas a El pensamiento positivo: ¿Por qué funciona?

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