Padres e Hijos en Conflicto

Los días 22 y 23 de septiembre ha tenido lugar en Madrid el “Congreso Internacional de padres e hijos en conflicto”, organizado por la Asociación para la Gestión de la Integración Social (GINSO) y la Sociedad Española URRAINFANCIA, que en colaboración, han puesto en marcha el programa “Recurra”, que pretende dar respuesta a la carencia existente actualmente en el ámbito asistencial español en lo relativo al tratamiento y ayuda a las familias que viven el problema del maltrato filio-parental (de los hijos hacia los padres) dentro de su hogar.
El congreso ha contado con la asistencia de grandes profesionales del campo que han hecho sus aportaciones tanto desde el terreno de la psicología, pedagogía y educación, como desde el terreno de los medios de comunicación y las propias asociaciones de padres, pasando por abogados y representantes de los servicios asistenciales públicos. La gran mayoría, sino todos los colectivos de alguna manera implicados en el análisis y la intervención de esta problemática, han tratado de clarificar con el aporte de su experiencia el estado de la cuestión desde su propia perspectiva.
El maltrato filio-parental es una problemática que ya emergió como tal hace años, pero que ha ido en aumento en los últimos tiempos, y en la que apenas lleva investigándose unos cuantos años. Siempre han exisitido conflictos dentro de las familias, pues es algo connatural a la crianza de los hijos y al desarrollo de las relaciones padres-hijos, entre los que se establecen diferencias generacionales, de estatus, de intereses, de deberes y responsabilidades… que favorecen el que en ocasiones se creen discrepancias. No obstante, es en los últimos tiempos cuando los conflictos están adquiriendo una dimensión diferente y más grave, convirtiéndose en un nuevo problema social que requiere ser atendido, estudiado e intervenido. Desde hace algunos años se ha empezado a oir algo más sobre el tema en los medios de comunicación, que ya nos tenían, sin embargo, acostumbrados a escuchar acerca del maltrato conyugal o del que ejercían los padres hacia los hijos. Parece que desde hace algunos años las tornas están cambiando, producto, entre otros factores, de los cambios sociales y en los modelos familiares.
Se trata de una problemática lo suficientemente compleja para no ser simplista, pues tanto padres como hijos son víctimas en alguna medida y tienen su parte de responsabilidad en el problema. No todo es blanco ni negro, no se puede meramente hacer una etiquetación en “agresor” y “víctima” sin que dicha clasificación trivialice parte de los factores explicativos del problema. En relación a estos factores, hay que resaltar que son muchos los que contribuyen a explicar que se llegue a una situación de maltrato filio-parental y ni son los hijos los totales culpables, ni lo son los padres y por supuesto, ambos tienen algo de víctimas.
Para comprender realmente cada problema en cada familia particular hay que hacer un análisis profundo del caso y de las diferentes variables que han podido contribuir a la génesis y el mantenimiento de la situación. Ni todas las familias son iguales, ni lo es el modo en que se da el problema en ellas. No obstante, lo que si hay de común es que estos problemas emergen por la interacción de una serie de variables o factores del contexto social, familiar, escolar y personal de cada hijo y familia, que confluyen y se combinan en cada caso de una manera particular. El modo en que las personas o partes implicadas interactúen, afronten o lidien con dichos factores o variables que caracterizan su situación vital particular, determinará la aparición de un problema o no.
¿De qué estamos hablando cuando nos referimos a maltrato filio-parental?
 Las primeras definiciones del problema surgieron ya hace 10 años y se caracterizan por su brevedad y su falta de concreción, así Harbin y Madden ya en 1979 definieron la violencia filio-parental como ataques físicos o amenazas verbales o no verbales. Posteriormente otros autores añadieron a ello los comportamientos violentos como arañar, lanzar objetos, gritar, golpear, empujar… y otros incorporon a la definición la idea de “repetición” a lo largo del tiempo de dichos comportamientos agresivos. En los últimos años las definiciones han venido siendo cada vez más operativas, asemejándose a las que ya operan en el área del maltrato conyugal. Cottrell, una de las asistentes al congreso y especialista en este campo, realiza en 2001 la siguiente definición de maltrato filio-parental: “Cualquier acto de los hijos que provoque miedo a los padres y que tenga como objetivo hacer daño a estos”. Nos encontraríamos dentro de esta definición general diversas modalidades de maltrato: físico (pegar, empujar, dañar…); psicológico (intimidar, atemorizar…); emocional (mentir, chantajear, amenazar…) y financiero (robar a los padres, dañar la casa o sus pertenencias, incurrir en deudas….)… Paterson, Luntz, Cotton y Perlesz en 2002, apuntan que para que un comportamiento de un hijo pueda ser considerado violento, otros miembros de la familia deben sentirse amenazados, intimidados o controlados ante él.
¿Cuáles es el estado de la cuestión?
Parece que la definición de maltrato filio-parental está relativamente clara pero… ¿cuál es el estado actual de esta problemática?
Las cifras dicen que se trata de un problema en aumento. Cada vez es más frecuente dentro de las familias que los hijos lleven a cabo algún tipo de comportamiento violento o de agresión hacia sus padres. En 2009 los datos decían que se estaba produciendo un aumento tanto de la criminalidad en menores como de la violencia doméstica de hijos a sus progenitores (siendo la cifra de unos 2.966 hijos agresores). Esto permitía concluir que el incremento de los comportamientos violentos en menores y los incidentes relacionados con ellos están aumentando tanto en el contexto externo (fuera de casa) como en el interno (dentro del propio hogar), lo que hace pensar que los factores que explican estos comportamientos no siempre se encuentran solamente ni en el hogar (ej. estilos parentales y relación con los padres), ni meramente en la sociedad (ej. pérdida de respeto generalizado a las figuras de autoridad). Probablemente, como apuntan las investigaciones, el producto final sea resultado de la confluencia de toda una serie de factores, algunos de tipo social y otros más enmarcados en el contexto familiar, además de otras muchas variables. Algunos de estos factores son de tipo general, afectando de manera común a toda la sociedad de menores (ej. cambios en los modelos familiares, cambios sociales, cambios en los valores, cambios en las figuras de autoridad…) o otros serán específicos de cada caso y de cada familia (ej. estatus económico bajo, mal cumplimiento del rol de padres, estilos parentales muy permisivos, poca comunicación familiar, entorno social desfavorecido o conflictivo…).
Los datos también apuntan a que los padres acuden a medidas fiscales como denunciar a sus hijos solamente en casos extremos y a veces se retractan de ello. No obstante, el número de denuncias de padres hacia sus hijos también ha sufrido un incremento en los últimos años, siendo en 2007 de 2.683 y 2010 de 4.995. Estos datos resultan alarmantes y ponen de manifiesto que se hace necesaria una intervención en el problema. Es preciso dotar a los padres o familiares que puedan estar sufriendo este tipo de problemas de recursos de orientación, apoyo e intervención para que no sea necesario llegar al punto de poner una denuncia o de tomar medidas como la salida del menor del hogar y el internamiento en un centro.
Ciertamente existen medidas de intervención intermedias que buscan minimizar los costes que para le relación familiar supondría el llegar a medidas judiciales. Estas medidas pretenden prevenir problemas mayores o atajar el problema cuando éste está emergiendo. El problema es que en muchas ocasiones, de igual modo que ocurre con la violencia conyugal, a la/s personas que lo sufren (en este caso los padres), les cuesta reconocer la situación por la que están pasando, reaccionando sólo cuando la reconducción de la situación es ya difícil (aunque no imposible). En la mayoría de las ocasiones el problema se desarrolla de manera lenta, realizando una escalada hasta conductas cada vez más violentas, que pueden empezar por no cumplir ciertas normas que los padres imponen (por ejemplo el horario de vuelta a casa) hasta llegar a insultar, desacreditar o pegar a los padres. Frecuentemente esta escalada agresiva se produce porque los límites no han sido bien establecidos o no se ha logrado hacerlos cumplir. De este modo el hijo va aprendiendo ya desde pequeño que los límites no tienen ningún valor y que no hay consecuencias negativas derivadas de su incumplimiento. Cada vez van aprendiendo a desautorizar más a los padres, que cada vez se sienten más inhábiles y menos capaces de reconducir la situación y de hacerse respetar.
No podemos olvidar también que cuando los padres ceden ante la conducta desafiante o violenta de su hijo al generarse un conflicto, ambas partes obtiene una consecuencia positiva. En el caso de los padres logran poner fin a la tensión que el conflicto había generado o incluso evitan conductas negativas del hijo (insultos, agresión, ruptura de objetos…) y los hijos, por su parte, logran salirse con la suya y cierta sensación de control. Por esta razón los conflictos se perpetúan: El hijo volverá a recurrir a las conductas agresivas para salirse con la suya, y los padres, ante la falta de cumplimiento del hijo (al que lo que dicen le resbala), terminan cediendo para poner fin a la discusión y terminar con una situación desagradable para todos, o en la que los padres, incluso llegan a sentir temor.
Para que exista una conducta de maltrato, del tipo que sea, debe haber un agresor y un agredido, pero esto no quiere decir que el primero sea el culpable y el segundo sea la víctima, o al menos sin que haya matices en estas afirmaciones. En primer lugar, cuando aparece un problema entre padres e hijos, éste se deriva de una interacción inadecuada entre ambas partes y cuando hay una interacción, ambas partes tienen algo que ver en el modo en que se desarrolla dicha interacción.
Los problemas familiares además no surgen de la noche a la mañana, sino que se van fraguando durante un proceso de interacción lenta entre cada una de las partes. En el modo en que se va produciendo esta interacción juegan un papel importante diversos factores como el estilo educativo de los padres, las habilidades que tienen estos para ejercer su rol, el tiempo y la calidad del mismo que los padres dedican a sus hijos, el tipo de valores que los padres enseñan, la habilidad para poner límites y hacerlos cumplir, el grado de interés que los padres muestran por todo lo que acontece a sus hijos, las amistades que los niños construyen, el tipo de experiencias por las que los niños pasan (posibles contactos con drogas, experiencias inapropiadas para su edad…), el rendimiento académico, otras problemáticas que el niño pueda tener (enfermedades y otros problemas añadidos), las modas y los valores que impone la cultura (cultura del consumo en la que hay que estar constantemente a la moda para ser aceptado por el grupo de iguales), los cambios que se están produciendo en el concepto de familia (cada vez mayor pérdida de los vínculos) y en el concepto de autoridad (se está dando una tendencia a la deslegitimación general de las figuras de autoridad como padres, profesores, adultos), la rapidez de los cambios tecnológicos (las nuevas tecnologías están alterando el modo en que los menores entablen relaciones y el tipo de información a la que pueden acceder, alejando estos terrenos cada vez más del control de los padres)… Como vemos, los factores son muchos y podríamos continuar enumerando.
La tarea del clínico o de la persona que intervenga en este campo será analizar qué factores concretos están influyendo en cada caso y qué peso tienen para después diseñar el modo de intervenir en ellos, ya sea dando pautas a los padres para modificar el modo en que interactúan con sus hijos (ej. cómo conversan, cómo ponen límites, cómo tratan de ejercer control sobre ellos), modificando también las conductas y actitudes de los hijos hacia los padres y la familia, corrigiendo distorsiones en la manera de concebir las relaciones familiares y los deberes y derechos de cada una de las partes (ej. Habrá que hacer entender al menor que igual que tiene unos derechos también tiene unas obligaciones y unas normas que cumplir), tratar de modificar algunas condiciones del contexto que puedan favorecer o agravar el conflicto familiar (fracaso académico, consumo de drogas, malas compañías, falta de habilidades sociales…)…
Arrojando luz sobre el problema…
Los expertos coinciden al afirmar que se trata de un problema del que hay mucho por conocer y por divulgar. La sociedad apenas está empezando a tener conocimiento de la existencia de este tipo de problemas, pese a que son muchos ya los casos y denuncias realizadas. Los servicios y recursos públicos y privados han empezado a aparecer hace unos años, pero aún queda mejorarlos, complementarlos, darles recursos para intervenir en esta problemática, y lo que es más importante, darlos a conocer para que la sociedad pueda hacer uso de los mismos. El código penal también está introduciendo cambios al respecto y los servicios sociales están confeccionando guías y manuales de actuación. (Ej. Guía: La Familia en momentos difíciles)
Respecto a los factores predisponentes, pese a la especificidad individual, los expertos coinciden en señalar una serie de factores que suelen ser comunes a los problemas de violencia o conflicto filio-parental:
·         Cambios en los modelos de familia: Progresivamente se ha ido perdiendo el concepto de unidad pasando a concebirse la familia como un mero instrumento para satisfacer las necesidades de cada uno. Es decir, la familia no tendría sentido por sí misma, sino que se impondría cada individuo por encima de la unidad familiar. El desapego de los miembros es cada vez mayor, a diferencia de la concepción que existía hace algunas décadas.
·         Deterioro en las relaciones familiares: Poco tiempo compartido, poco diálogo y debate…
·         Estilo Educativo de los padres: Educación permisiva, escaso control y monitorización, concesión de excesiva autonomía infantil, poca implicación y dedicación de los padres a la educación de los hijos y a compartir tiempo con ellos… Padres excesivamente sobreprotectores.
·         Menores con experiencias previas de agresión: Han sido ellos mismos agredidos o han visto como uno de los miembros de la familia agredía a otro. No olvidemos que los menores aprenden muchos de sus comportamientos por imitación de otros.
·         Padres con relaciones conyugales muy conflictivas
·         Menores con poca tolerancia a la frustración y con necesidad de inmediatez a la hora de lograr las cosas: Lo quieren todo y lo quieren ya.
·         Menores con problemas escolares.
·         Menores con problemas de consumo de tóxicos.
Otras conclusión a la que llegan algunos expertos es que se ha visto que el nivel educativo y adquisitivo de la familia no son los que mejor explican la existencia o no de conflictos filio-parentales, aunque sí influyen en las consecuencias que de estos conflictos se derivan y en las soluciones que se les pueden buscar. De esta manera, cuanto mayor sea el conocimiento y la capacidad económica dentro de una familia, mayor será la conciencia de problema que se tenga, la capacidad de movilizarse para buscar ayuda y la capacidad económica para acceder a recursos de intervención. (Ej. en casos de consumo de drogas o de problemas de conducta de los hijos). Por otro lado, parece que la falta de control parental, las frecuentes discusiones con los hijos y el estilo educativo permisivo son las variables más relevantes del contexto familiar a la hora de explicar el comportamiento inadecuado del niño a nivel social (no cumplimiento de normas, agresiones, actos delictivos…). Por el contrario, familias con alto grado de cohesión, que refuerzan los comportamientos correctos, imponen normas, comparten tiempo con los hijos y dedican tiempo a su educación, correlacionan con bajos niveles de conflictividad en los hijos.
La forma en la que los padres interactúan con sus hijos y la falta de habilidades por parte de estos para enseñarles valores, normas y habilidades básicas para desenvolverse y convivir en su entorno se ha destacado como uno de los principales puntos a intervenir, no sólo cuando ya existe el problema, sino como método de prevención de conflictos posteriores. Una de las cosas en la que más coinciden los expertos es que los padres no sólo son parte del problema, sino también una parte clave para su solución.

Para más información sobre lo tratado en este congreso pueden consultar el siguiente enlace:

http://marinagbiber.wordpress.com/2011/09/23/hijos-que-abusan-de-sus-padres/

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Acerca de Miriam Rocha Díaz

Psicóloga Colegiada: M-24220. Trabajo como psicóloga de Adultos, Adolescentes y Niños en ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid) y soy tutora del Máster en Terapia de Conducta del mismo centro. Para más información, consultar: Datos de Contacto: Teléfono ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid): 914357595 Email Profesional: rochadiaz.m@gmail.com Web ITEMA: http://www.itemadrid.net/ Más datos sobre mi: Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Terapia de Conducta en ITEMA (Instituto Terapéutico de Madrid). He colaborado en diferentes líneas de investigación en los Departamentos de Psicología Biológica y de la Salud y Psicología Social de la UAM.
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